A Judith

Enrique Romero

Poeta recién llegado
I.
Así cayó el ocaso en esta tierra desierta,
que duró miles de noches solitarias.
Arriba, sólo una estrella escarlata fulguraba.

Embelesado por su rojo resplandor,
quise tomarla para mi delirio,
y aunque quise porque, después de todo,
soy sólo un miserable confundido.

Enervado, logré conocerla.
Su consternación contenida,
vi que era un reflejo de mí mismo.
La toqué y también toqué mis recuerdos,
su cuerpo herido, mi cuerpo herido;
su abatimiento secreto, el dolor compartido.

Ciegamente fascinado logré quererla
y el amor incierto fue el océano turbulento
en el cual nuestro corazones sumergimos

Así sucumbí yo,
al no poder sembrar la mentira en su tierra,
en su tierra baldía de mis engaños;
en cambio, enamorado de sus sabores
sembré con besos en todo su cuerpo
amapolas únicas de mi amor verdadero.

II.
Quedo perplejo al tocarte, extrañado
de cómo el amor escapa de mi pecho.
¿Tú, en el delirio de sensaciones, lo sientes?
Como en medio de nuestra locura,
la noche se llena de aquella frescura
que desprenden los cuerpos mojados;
extasiados, por el perfume de un amor antaño
después los tremores lúdicos llegaron lejos.

III.
Nos quisimos, entre el fragor y su pólvora.
En las noches azarosas. Cerré los ojos heridos
y la cabeza, como tendida sobre un hilo,
se reclinó en tus muslos blanquecinos.
Y así como en su noche la luna no es eterna,
en tu día me fui como oscuridad alumbrada.

Mas no hubo resabios, ni lágrimas saladas.
Porque yo a ti te di mis huesos y mis cenizas,
y con ellos tú hiciste un nicho de amor vejado.
Así el amor que nos fue entregado, fue quitado
de los hombres y sus desdenes, y dado a Dios,
pues en él descansan los amores eternos.
 
I.
Así cayó el ocaso en esta tierra desierta,
que duró miles de noches solitarias.
Arriba, sólo una estrella escarlata fulguraba.

Embelesado por su rojo resplandor,
quise tomarla para mi delirio,
y aunque quise porque, después de todo,
soy sólo un miserable confundido.

Enervado, logré conocerla.
Su consternación contenida,
vi que era un reflejo de mí mismo.
La toqué y también toqué mis recuerdos,
su cuerpo herido, mi cuerpo herido;
su abatimiento secreto, el dolor compartido.

Ciegamente fascinado logré quererla
y el amor incierto fue el océano turbulento
en el cual nuestro corazones sumergimos

Así sucumbí yo,
al no poder sembrar la mentira en su tierra,
en su tierra baldía de mis engaños;
en cambio, enamorado de sus sabores
sembré con besos en todo su cuerpo
amapolas únicas de mi amor verdadero.

II.
Quedo perplejo al tocarte, extrañado
de cómo el amor escapa de mi pecho.
¿Tú, en el delirio de sensaciones, lo sientes?
Como en medio de nuestra locura,
la noche se llena de aquella frescura
que desprenden los cuerpos mojados;
extasiados, por el perfume de un amor antaño
después los tremores lúdicos llegaron lejos.

III.
Nos quisimos, entre el fragor y su pólvora.
En las noches azarosas. Cerré los ojos heridos
y la cabeza, como tendida sobre un hilo,
se reclinó en tus muslos blanquecinos.
Y así como en su noche la luna no es eterna,
en tu día me fui como oscuridad alumbrada.

Mas no hubo resabios, ni lágrimas saladas.
Porque yo a ti te di mis huesos y mis cenizas,
y con ellos tú hiciste un nicho de amor vejado.
Así el amor que nos fue entregado, fue quitado
de los hombres y sus desdenes, y dado a Dios,
pues en él descansan los amores eternos.
Muy bello poema de amor, me ha gustado amigo Enrique. Un abrazo. Paco.
 

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