VICTOR SANTA ROSA
Poeta fiel al portal
Amor Campirano.
Por la agreste vereda,
de la cumbre a la cañada,
todos los días bajaba
una hermosa manceba.
Su donaire fascinaba,
con que gracia caminaba,
y yo tanto ya la amaba,
sin decirle una palabra.
La deseaba el alma mía,
sin saberla ajena o sola,
al corazón no le importa,
porque cuánto la quería.
Más un día la esperaba,
y bajó acompañada,
venía sonriente, contenta,
en su rosto lo notaba.
Del brazo de un mancebo,
que también le sonreía
y en medio de su contento,
le acariciaba su mejilla.
De pronto reclamarle pienso,
lo que ella ignoraba;
Este amor en silencio,
con el que tanto la amaba.
¿Cómo encelarme por ello?
si mi amor le era secreto
y aunque fuera el más bello,
no le era manifiesto.
Verla con él encendió mi ira,
y mi juicio no fue coherente,
así como inquina la gente,
me sembré duda e intriga.
Una tarde sin esperarla,
la vi venir mustia y triste,
cabizbaja y callada.
Y cuál sorpresiva fiera,
que su presa embiste,
sin que cuenta se diera:
llegué: viéndome desconfiada.
Le inquirí por ese fulano,
a quién abrazaba ese día;
Y dijo: No es amante, es mi hermano,
que hoy de casa partió muy temprano.
Y me avergüenzo de mi intriga,
cómo la duda que siembra la gente
y al verle su rostro: sereno, sonriente,
sentí cómo dije: No ser nada diferente.
Y de la cumbre a la pradera,
ya no habrá vigilia ni espera,
solo un suspiro dejado,
de mi corazón enamorado.
Porque la Hembra era mía,
y su amor me ofrendaba.
Ya en su vientre crecía,
la adorable semilla,
que mi hombría le plantara.
No hubo más contienda ni riña,
ni celo que mi sangre ofuscara,
porque en esa bendita campiña,
está la mujer que tanto amara.
Autor: Víctor A. Arana
(VICTOR SANTA ROSA)
Julio 19 del 2016.
Por la agreste vereda,
de la cumbre a la cañada,
todos los días bajaba
una hermosa manceba.
Su donaire fascinaba,
con que gracia caminaba,
y yo tanto ya la amaba,
sin decirle una palabra.
La deseaba el alma mía,
sin saberla ajena o sola,
al corazón no le importa,
porque cuánto la quería.
Más un día la esperaba,
y bajó acompañada,
venía sonriente, contenta,
en su rosto lo notaba.
Del brazo de un mancebo,
que también le sonreía
y en medio de su contento,
le acariciaba su mejilla.
De pronto reclamarle pienso,
lo que ella ignoraba;
Este amor en silencio,
con el que tanto la amaba.
¿Cómo encelarme por ello?
si mi amor le era secreto
y aunque fuera el más bello,
no le era manifiesto.
Verla con él encendió mi ira,
y mi juicio no fue coherente,
así como inquina la gente,
me sembré duda e intriga.
Una tarde sin esperarla,
la vi venir mustia y triste,
cabizbaja y callada.
Y cuál sorpresiva fiera,
que su presa embiste,
sin que cuenta se diera:
llegué: viéndome desconfiada.
Le inquirí por ese fulano,
a quién abrazaba ese día;
Y dijo: No es amante, es mi hermano,
que hoy de casa partió muy temprano.
Y me avergüenzo de mi intriga,
cómo la duda que siembra la gente
y al verle su rostro: sereno, sonriente,
sentí cómo dije: No ser nada diferente.
Y de la cumbre a la pradera,
ya no habrá vigilia ni espera,
solo un suspiro dejado,
de mi corazón enamorado.
Porque la Hembra era mía,
y su amor me ofrendaba.
Ya en su vientre crecía,
la adorable semilla,
que mi hombría le plantara.
No hubo más contienda ni riña,
ni celo que mi sangre ofuscara,
porque en esa bendita campiña,
está la mujer que tanto amara.
Autor: Víctor A. Arana
(VICTOR SANTA ROSA)
Julio 19 del 2016.