Abrahám Emilio
Emilio.
Mi madre llega a casa con su enorme maleta
mirándome a los ojos.. todo ello es paladino
su viaje maduró en enjambres de miel...
sus lágrimas, mirar fueron ¡un casto vino!
Llegaste a mi vida cual ardiente primavera,
rociando mi mirada con escarcha de cielo,
mis pechos fueron lunas rezumando la miel
que deposité en tu boca, sediento pañuelo.
Una vena cortada a punto de estallar,
mi madre trae en brazos un espíritu roto
y no es somera dicha, esclavizada al fin:
es ralo tulipán blanco y rojizo croto.
Más vuelvo a ti, queriendo besar tus mejillas
para que respires en mi aliento nuevos sueños
enraizados todos en la fuerza de la vida...
Ven a mis brazos, Tiño, ellos serán tus dueños.
Y se sienta en la mesa bebiendo dicha copa,
el sacrílego cáliz que pasó por locura...
y este menor efebo la ve siempre llorar
y porque el hijo sabe como aquello tortura.
No derrames tus lágrimas en esta mesa fría,
vuélcalas en mi vientre, cuna de tu sonrisa.
Tu mirada y la mía juegan en el desván,
tus manos y mis manos vuelan en suave brisa.
Lágrimas y sonrisas nos depara la vida,
cantaremos juntos en las penas y alegrías,
cuando titilen mis ojos es porque me miras,
y porque sabía que conmigo bailarías.
Mi madre vuelve a casa dándome muchos besos
y con su tacto magno seca lágrimas... tiño:
razón del corazón roto es porque ella sabe
que fallecerá, ¡yo!... su desdichado niño.
Anthony Acosta & Lomasfresquita
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