Damian Gerbos
Poeta recién llegado
¿Era aquello un par de ojos flotantes?
Acababa de llover, y en el maizal había gotitas de agua suspendidas entre las hojas, a las diez de la noche no es muy posible diferenciar que és y que no és.
¿Eran o no, ojos en medio de la noche? Apagó su cigarrillo y se dispuos a averiguarlo, su mujer le llamaba para que cenara, compró tiempo con el "voy de inmediato", pero no pensaba ir a cenar, pensaba ir a ver.
¿Que tenía de malo? Los monstruos no existen, ¿verdad? El aire frío le respondió con silencio, besandole los labios hasta rajarselos en pedazos. Los ojillos no parecían ser gotas, se alejaban de él, apretó el paso, y los ojos también, parecían retirarse, como estrellas que uno persigue corriendo por el campo.
¿Eran ojos? Una risilla le heló la sangre, no sonaba humana, no sonaba real, pero lo era. Una risilla triste, y carente de alegría, pero la mar satisfecha de haberlo llevado hasta ese punto, en medio del solitario maizal.
"¿Los monstruos no existen, verdad?" se preguntó, sin quedarse a averiguarlo. Llegó a su casa jadeante, no se atrevió a explicarse. Desde aquella noche los ojillos brillan en el mismo maizal, haya llovido o no, y él ha dejado de fumar.
Acababa de llover, y en el maizal había gotitas de agua suspendidas entre las hojas, a las diez de la noche no es muy posible diferenciar que és y que no és.
¿Eran o no, ojos en medio de la noche? Apagó su cigarrillo y se dispuos a averiguarlo, su mujer le llamaba para que cenara, compró tiempo con el "voy de inmediato", pero no pensaba ir a cenar, pensaba ir a ver.
¿Que tenía de malo? Los monstruos no existen, ¿verdad? El aire frío le respondió con silencio, besandole los labios hasta rajarselos en pedazos. Los ojillos no parecían ser gotas, se alejaban de él, apretó el paso, y los ojos también, parecían retirarse, como estrellas que uno persigue corriendo por el campo.
¿Eran ojos? Una risilla le heló la sangre, no sonaba humana, no sonaba real, pero lo era. Una risilla triste, y carente de alegría, pero la mar satisfecha de haberlo llevado hasta ese punto, en medio del solitario maizal.
"¿Los monstruos no existen, verdad?" se preguntó, sin quedarse a averiguarlo. Llegó a su casa jadeante, no se atrevió a explicarse. Desde aquella noche los ojillos brillan en el mismo maizal, haya llovido o no, y él ha dejado de fumar.
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