Han encontrado remanso mis pupilas sobre el caudal de su pelo,
que cae con soberbia elegancia sobre un par de hombros
ya cansados de tanto encanto cargar. Descansan
mis ojos sobre un desfile de perlas blancas que inicia cuando ella
decide ser feliz. Y es feliz y soy feliz.
Bajo el crepúsculo y entre dos tazas, una distancia medible en regla de halagos;
claro, mis halagos. Los halagos de mi para ella. Halagos subversivos en contra
de esta tiranía moral que me impide besarla. Halagos déspotas, capaces de
desterrar cualquiera de sus inseguridades, adueñadas por supuesto del
cuerpo equivocado.
Ha sido pues un encuentro de malsana enjundia, de cizañosa estirpe.
Ha sido pues un encuentro de infinitas, bellas, breves y cortas horas.
He conocido el embrollo que coloniza su mente, la vorágine que coloniza
y en ocasiones parasita su alma. He conocido su maraña vital y me ha gustado. Se ha
materializado al fin su belleza a mis ojos y me gusta. Y es bonita.
No somos, ni fuimos. Talvez en mi ingeniudad algo fuimos. Y seremos intermitente
cuando la cantera de sus antojos o deseos (para mi suerte) se le
ocurra a colación traerme. Y yo estaré ahí, atento siempre en un lugar
recoleto de su mente.
Hoy cierro los ojos y escucho mi oscuridad, delegada fiel del desamor.
Viene a pactar este coercitivo contrato donde me comprometo a mirarla,
en ocasiones tierno, en ocasiones impotente, en ocasiones lascivo, pero
con la condición de ser dueño de la certeza de que ella no está y no estará.
Se que la vida me sonríe hoy con un dejo de amargura y crueldad
cuando me presagia ese anillo sobre su izquierdo anular.
Y como la vocación de ella es, además de la belleza, la fidelidad,
me toca lamentar hoy este beso que tengo y no le podré dar.
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