De prisiones y rigurosa fidelidad

frAn04

Poeta recién llegado

Han encontrado remanso mis pupilas sobre el caudal de su pelo,

que cae con soberbia elegancia sobre un par de hombros

ya cansados de tanto encanto cargar. Descansan

mis ojos sobre un desfile de perlas blancas que inicia cuando ella

decide ser feliz. Y es feliz y soy feliz.


Bajo el crepúsculo y entre dos tazas, una distancia medible en regla de halagos;

claro, mis halagos. Los halagos de mi para ella. Halagos subversivos en contra

de esta tiranía moral que me impide besarla. Halagos déspotas, capaces de

desterrar cualquiera de sus inseguridades, adueñadas por supuesto del

cuerpo equivocado.


Ha sido pues un encuentro de malsana enjundia, de cizañosa estirpe.

Ha sido pues un encuentro de infinitas, bellas, breves y cortas horas.

He conocido el embrollo que coloniza su mente, la vorágine que coloniza

y en ocasiones parasita su alma. He conocido su maraña vital y me ha gustado. Se ha

materializado al fin su belleza a mis ojos y me gusta. Y es bonita.


No somos, ni fuimos. Talvez en mi ingeniudad algo fuimos. Y seremos intermitente

cuando la cantera de sus antojos o deseos (para mi suerte) se le

ocurra a colación traerme. Y yo estaré ahí, atento siempre en un lugar

recoleto de su mente.


Hoy cierro los ojos y escucho mi oscuridad, delegada fiel del desamor.

Viene a pactar este coercitivo contrato donde me comprometo a mirarla,

en ocasiones tierno, en ocasiones impotente, en ocasiones lascivo, pero

con la condición de ser dueño de la certeza de que ella no está y no estará.


Se que la vida me sonríe hoy con un dejo de amargura y crueldad

cuando me presagia ese anillo sobre su izquierdo anular.

Y como la vocación de ella es, además de la belleza, la fidelidad,

me toca lamentar hoy este beso que tengo y no le podré dar.
 
Última edición:
Han encontrado remanso mis pupilas sobre el caudal de su pelo,

que cae con soberbia elegancia sobre un par de hombros

ya cansados de tanto encanto cargar. Descansan

mis ojos sobre un desfile de perlas blancas que inicia cuando ella

decide ser feliz. Y es feliz y soy feliz.


Entre crepúsculo y dos tazas había una distancia medible en regla de halagos;

claro mis halagos. Los halagos de mi para ella. Halagos subversivos en contra

de esta tiranía moral que me impide besarla. Halagos déspotas, capaces de

desterrar cualquiera de sus inseguridades, adueñadas por supuesto del

cuerpo equivocado.


Ha sido pues un encuentro de malsana enjundia, de cizañosa estirpe.

Ha sido pues un encuentro de infinitas, bellas, breves y cortas horas.

He conocido el embrollo que coloniza su mente, la vorágine que coloniza

y en ocasiones parasita su alma. He conocido su maraña y me ha gustado. Se ha

materializado al fin su belleza a mis ojos y me gusta. Y es bonita.


No somos, ni fuimos, pero para tal vez para mi si fuimos. Y seremos intermitente

cuando la cantera de sus antojos o deseos (para mi suerte) se le

ocurra a colación traerme. Y yo estaré ahí, atento siempre en un lugar

recoleto de su mente.


Ahora cierro los ojos y escucho mi oscuridad, delegada fiel del desamor.

Viene a pactar este coercitivo contrato donde me comprometo a mirarla,

en ocasiones tierno, en ocasiones impotente, en ocasiones lascivo, pero

con la condición de ser dueño de la certeza de que ella no está y no estará.


Se que la vida me sonríe hoy con un dejo de amargura y crueldad

cuando me presagia ese anillo sobre su izquierdo anular.

Y como la vocación de ella es, además de la belleza, la fidelidad,

me toca lamentar hoy este beso que tengo y no le podré dar.
Bello poema, me ha gustado, un abrazo. Paco.
 

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