Fabiola Montes
Poeta asiduo al portal
La gestó desde el egoísmo
de su alma sedienta de cariño
en la crisálida transparente
de su pecho vacío.
Pura, inmaculada, inocente.
Aislada del mundo,
sus placeres y delirios.
La alimentó con miel y leche,
recolectados del abismo
de su amor mudo.
La vistió de cálidos susurros,
pronunciados quedamente
desde el silencio de su voz.
Y la amó...
La amó con desesperación,
sin atreverse siquiera
a robarle una caricia.
Era suya...
Era únicamente suya,
para siempre, por siempre,
en la eternidad del tiempo
y espacio infinitos.
Más nunca la tocó.
Jamás sus labios a besaron,
y su voz calló por siempre
el :¡Mía!, que lo quemaba.
Pura, inmaculada, inocente;
en la crisálida transparente
de su pecho vacío, languideció.
de su alma sedienta de cariño
en la crisálida transparente
de su pecho vacío.
Pura, inmaculada, inocente.
Aislada del mundo,
sus placeres y delirios.
La alimentó con miel y leche,
recolectados del abismo
de su amor mudo.
La vistió de cálidos susurros,
pronunciados quedamente
desde el silencio de su voz.
Y la amó...
La amó con desesperación,
sin atreverse siquiera
a robarle una caricia.
Era suya...
Era únicamente suya,
para siempre, por siempre,
en la eternidad del tiempo
y espacio infinitos.
Más nunca la tocó.
Jamás sus labios a besaron,
y su voz calló por siempre
el :¡Mía!, que lo quemaba.
Pura, inmaculada, inocente;
en la crisálida transparente
de su pecho vacío, languideció.