Eratalia
Con rimas y a lo loco
Estaba convencida de que su arte culinario no tenía parangón. Pero aquel día su marido había osado decirle que las lentejas le habían quedado algo sosas, rogándole que le pasara el salero.
Ya en la cocina procedió con calma a cambiar la sal de mesa por ciertos polvos blancos que extrajo de la alacena.
El próximo día que ponga en duda la perfección de mi punto de sal —pensó—, sabrá lo que es un buen sazonado. Y un escalofrío de placer le recorrió la espalda.
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