Magnífico soneto, Eduardo, en fondo y forma.
Es el segundo poema que te leo sobre tu propia obra pictórica.
Sabemos que las hondas imbricaciones entre pintura y poesía, que se evidencian ya desde la antigüedad clásica ("Pictura ut poesis", Epístola Ad Pisones, Horacio), se han asumido de forma generalizadora. Y en ambos sentidos: la del poema que suscita una emoción motivadora de una pintura; y la del cuadro depositario de poesía. Así, leemos aquí y allá poemas como "A la pintura", de Rafael Alberti; sobre "Las hilanderas"-Velázquez, de Claudio Rodríguez; sobre el "Retrato del cardenal Tavera"-El Greco, de Antonio Machado; sobre "Ninfas y pastor"-Ticiano, de Luis Cernuda; sobre "Apolo y Dafne"-A. del Pollaiolo, de Garcilaso de la Vega; sobre "Paisaje con la caída de Ícaro"-P. Brueghel, de Wystan Hugh Auden; sobre "El caballero de la mano en el pecho"-El Greco, de Manuel Machado, y un largo etc.
Pero tu écfrasis, a juzgar por lo que te he leído, se diferencia de los ejemplos anteriores en dos aspectos, a mi modesto modo de ver:
Por una parte, tus poemas se centran en la causa motivadora (la pintura), sin pasar a la ilusión referencial o a la interpretación metafórica o, incluso, a la no referencialidad "directa" del cuadro.
Y, por otra, el origen o causa o motivación del poema es una pintura "propia", cosa muy diferenciada de los ejemplos antes citados.
Te pido disculpas si me he excedido en mi comentario.
Te felicito por partida doble: por la bondad del soneto y por la del cuadro.
Recibe un afectuoso saludo, amigo.
Felipe.