Maygemay
Poeta que considera el portal su segunda casa
Había una pradera perfumada de risas
y una mañana de oro que remontaba vuelo,
un rítmico galope latía sobre el suelo
cuando mi zaina airosa bamboleaba las brisas.
El horizonte araba senderos por el cielo,
y el mar se presentía detrás de la espesura,
las ramas de los pinos besaban la blancura
de una nube danzante que ondulaba su velo.
Y al abrirse la senda en la playa silente,
se irguió una ola de plata por detrás de una duna
que irradió mil estrellas al volcar su rompiente;
vibró el relincho claro de mi yegua moruna.
-Caballita, le dije, no te asuste el relente:
el mar te ha bautizado con el nombre de Yuna.
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