Fingal
Poeta adicto al portal
Me gusta tu mirada redonda sin aristas,
grande y atenta,
como dos lunas enteras
encaramadas de curiosidad joven y libre.
Me gusta cuando la primavera de las cosas
se te cuela entre la línea de los labios
y el horizonte te la copia
sonrisa guía del viajero cautivado.
Me gustan tus cejas, tu nariz,
tus uñas, tus codos, tus tobillos…
Me gusta tu pelo infinito.
Me gusta tanto, tanto tu risa
que la mezclo en los amaneceres y la lluvia
y la quiero en cada niño y cada niña
como pompas de sol y de vida,
como noventa y nueve globos de utopía.
Me gustas alba y morena;
me gustas amarilla.
Me gusta cuando es tuyo el escenario,
cuando respiras profundo el aplauso,
cuando lo recorres agradecida y generosa
y lo haces tan mágico.
Me gusta cuando se te amontonan los halagos
en un jolgorio de trinos
y tú,
cómplice y gentil,
le guiñas al más callado y tímido.
Me gusta cuando eres más mujer que estrella,
más piel que música,
más niña que diosa,
más tú y menos sueño;
y yo
menos metal y más pulso,
menos halcón y más ciervo.
Y quiero abrazarte con espigas altas y doradas,
con aguas de coral y zafiro fundidos,
o con palabras mimosas
que jamás conocieran miedos ni rabias.
Me gustas honrada y franca en el amor,
invicta y vulnerable,
cuando tus manos tientan y cobijan,
cuando tu beso se sacia y se concede,
cuando tu anhelo descansa
y todo te resplandece.
Me gustan tus palabras humanas
como las mías:
imperfectas, inquietas y asustadas.
Me gustas penitente y comprensiva.
Me gusta cuando sabemos
que no necesitas defenderte de mí
ni yo de ti.
Me gusta cuando es tan fácil quererte,
tan inevitable.
Me gusta cuando te sientas en el suelo a mi lado,
muy cerca,
como cuando ya no importa ni nos fijamos,
y es elocuente el silencio
o me explicas con tu voz de abeto y arce
por qué el universo no es tan inmenso
ni nosotros tan pequeños.
Me gusta cuando simplemente conmueves,
cuando indultas mis raíces,
cuando le das forma y sentido a mis ramas.
Me gusta cuando amarte o que me ames
es ya lo de menos,
cuando velamos a los mismos enfermos,
cuando amenaza helarse el sudor insatisfecho
y quebrarse la frágil superficie de los ojos;
pero entonces,
nos compartimos un último y fiel destello amable,
inesperado y sorprendido,
y somos más iguales que los espejos,
más reales,
más íntimos,
menos solos.
Me gusta cambiarme el deseo ávido y hondo
por la paz de que existas
y llorarte en remansos
como si fuera poeta,
mis lágrimas puras
y tu verdad perpetua.
Álvaro del Prado,
Galapagar/Las Rozas/Madrid, 17 de septiembre de 2016
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