LA CIUDAD SUMERGIDA
Rodilla en tierra
las manos sujetando el cielo
gesto supremo del hombre
del que nacen los abrojos.
Pecho abierto
desnudo de latidos
la canción surcando las auroras
tú eras mi refugio.
¿Quien conoce la violencia
del mar enamorado?
Nunca aparece en días lectivos
pero lo convoca la flor de espino
recién cortada.
Jugando al ori-ori
con las olas convidadas
apenas renacido el sol
la caracola marina
me conduce hasta su reino.
Oh delicias submarinas
Oh la dulce lentitud
de la muerte por ahogamiento
Oh como se quiebra la luz
en tu cintura sin diedros.
Auríferas arenas ardientes
forjan collares y diademas
para las frentes elevadas
de las estatuas naufragadas.
Se que existen, yo lo se,
esas ciudades antiguas bajo el mar
en cuyas catedrales viejos órganos
repiten la salmodia
de las eternas canciones infantiles.
Ciudades de grandes avenidas
sin palmeras ni semáforos en rojo
ciudades de extrañas geometrías
trazadas según cánones lunares.
Pasean por ellas
en glaucos atardeceres
las sirenas cadenciosas
y tritones en uniforme de alférez.
¡Cómo llueven los reflejos encendidos
de los corales en flor
incendiando los vitrales
de los pecios sumergidos!
Viví mis tiempos floridos
en esas viejas ciudades
en las que el amor es frío
y la muerte acecha glamurosa.
Viví mi interminable
muerte de ahogado volando,
como una asíntota euclidiana,
hacia la improbable eternidad
de los cadáveres húmedos.
Y, sin embargo, fui feliz
apaciblemente muerto
entre las ruinas sin forma
de la ciudad sumergida.
Allí, los viernes de cuaresma,
me visitaba mi amada
y compartíamos la belleza
de las holoturias violáceas.
Mientras, con la azul felicidad
del mundo submarino
veíamos corretear sin ritmo
a los pequeños hipocampos.
Ciudades sumergidas...
¡Locus amænus para vivir
los eternos amores de los muertos...!
Rodilla en tierra
las manos sujetando el cielo
gesto supremo del hombre
del que nacen los abrojos.
Pecho abierto
desnudo de latidos
la canción surcando las auroras
tú eras mi refugio.
¿Quien conoce la violencia
del mar enamorado?
Nunca aparece en días lectivos
pero lo convoca la flor de espino
recién cortada.
Jugando al ori-ori
con las olas convidadas
apenas renacido el sol
la caracola marina
me conduce hasta su reino.
Oh delicias submarinas
Oh la dulce lentitud
de la muerte por ahogamiento
Oh como se quiebra la luz
en tu cintura sin diedros.
Auríferas arenas ardientes
forjan collares y diademas
para las frentes elevadas
de las estatuas naufragadas.
Se que existen, yo lo se,
esas ciudades antiguas bajo el mar
en cuyas catedrales viejos órganos
repiten la salmodia
de las eternas canciones infantiles.
Ciudades de grandes avenidas
sin palmeras ni semáforos en rojo
ciudades de extrañas geometrías
trazadas según cánones lunares.
Pasean por ellas
en glaucos atardeceres
las sirenas cadenciosas
y tritones en uniforme de alférez.
¡Cómo llueven los reflejos encendidos
de los corales en flor
incendiando los vitrales
de los pecios sumergidos!
Viví mis tiempos floridos
en esas viejas ciudades
en las que el amor es frío
y la muerte acecha glamurosa.
Viví mi interminable
muerte de ahogado volando,
como una asíntota euclidiana,
hacia la improbable eternidad
de los cadáveres húmedos.
Y, sin embargo, fui feliz
apaciblemente muerto
entre las ruinas sin forma
de la ciudad sumergida.
Allí, los viernes de cuaresma,
me visitaba mi amada
y compartíamos la belleza
de las holoturias violáceas.
Mientras, con la azul felicidad
del mundo submarino
veíamos corretear sin ritmo
a los pequeños hipocampos.
Ciudades sumergidas...
¡Locus amænus para vivir
los eternos amores de los muertos...!
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