Dialmar
Poeta asiduo al portal
En la nevera se han conservado las caricias y los besos marinados en albahaca y fina sangría, al vacío se ha prensado un montón de palabras almidonadas en almíbar natural, todo dispuesto para un grandioso manjar.
Helena anhela preparar un plato exquisito que se pueda acercar a sus grandes deseos, un platillo que estremezca, que suspire, que gima, de gemido largo. De los grandes secretos culinarios que su familia por décadas ha atesorado, rebuscó las fórmulas más concentradas para llegar a esos sabores muy profundos, intensos, añejos y maduros pero ninguno consagra ese complicado apetito requerido.
Mientras corta en delgadas rodajas las naranjas más dulces que pudo encontrar, mira con picardía la botella de vino que aún no se descorcha, y la grandísima copa, que seductora brilla vacía, muy cerca a lo que será en poco tiempo la mesa servida. En sus manos, jugosas de amarillo suculento, se desangran estas frutas en los cortes simétricos que le obligan a chupar sus dedos, por ahora saben a dulce cítrico y algo de metal. De uno en uno sus dedos pasan por sus absorbentes labios; curiosamente nota que el anular le da mejor sabor, en este demora más su gustosa labor. De reojo la copa relampaguea tras un destello de luz instantáneo que activa sus glándulas salivales empapando su ansias de poseer ese rojo en su sangre, sauvignon.
Sin más, decide servir solo una que será el aperitivo de la perfecta culinaria que se encuentra en preparación. Esas notas pasionales del bolero, que susurra a lo lejos del salón y el vino alborotando su ansiosa humanidad, le hace pensar que esta casual mezcla de naranja y cabernet tienen un carácter similar a la misteriosa fascinación que siente por él. Solo algún ingrediente o algunas notas de algo, de lo que no tiene claridad, faltaría por completar.
Con una pícara sensualidad remoja los cortes de naranja en la copa de vino, tornándose esta simbiosis de color y sabor un acercamiento determinado a su vehemente pasión. Una Astilla de canela gruesa y firme, será el agitador perfecto de este novedoso coctel que tanto le hace estremecer en suspiros profundos y juguetonas sonrisas. El reflejo de la luz en la capa de roja tinta que crepita en la copa, memora sus besos húmedos los de él y el cobijo mullido del dulcísimo sabor en su piel.
Varios sorbos dejan rastros leves en sus labios y nota que al lamer el rescoldo, su gusto es como una noche de besos acalorados y de versos confesados con su perfecto amado. En ese instante como sublime aparición redime todos sus anhelos en una sola resolución.
Presurosa y embebida de su maravillosa idea, guarda todos los ingredientes antes dispuestos y solo le da paso a las rodajas, al vino, a la canela y se le ocurre también largas ramas de romero y un poco de miel. El vestido de seda rojo se guarda al cajón, y la fina vajilla, heredada de la tía Leonor, sale de la función.
Cual poción mágica añade un beso en sortilegio y algunos versos susurrados en la que además mezcla sus intensos deseos, en esta maravillosa copa de vino con sus naranjas ahogadas agitadas por una rama de canela. El aroma que emite la sabrosa mezcla, calienta sus poros y la eleva a la más lujuriosa escena.
La corona de romero adornará en su cabello, de miel pintará su labios gruesos y la flor enigmática de la que brotan sus muslos claros. Las rodajas marinadas cubrirán su cuerpo, y el caudal ligero que brotará destilado de naranja en vino acanelado delineará el contorno de su entallado cuerpo y será el plato principal de esta cena sublime que pronto se servirá.
Helena anhela preparar un plato exquisito que se pueda acercar a sus grandes deseos, un platillo que estremezca, que suspire, que gima, de gemido largo. De los grandes secretos culinarios que su familia por décadas ha atesorado, rebuscó las fórmulas más concentradas para llegar a esos sabores muy profundos, intensos, añejos y maduros pero ninguno consagra ese complicado apetito requerido.
Mientras corta en delgadas rodajas las naranjas más dulces que pudo encontrar, mira con picardía la botella de vino que aún no se descorcha, y la grandísima copa, que seductora brilla vacía, muy cerca a lo que será en poco tiempo la mesa servida. En sus manos, jugosas de amarillo suculento, se desangran estas frutas en los cortes simétricos que le obligan a chupar sus dedos, por ahora saben a dulce cítrico y algo de metal. De uno en uno sus dedos pasan por sus absorbentes labios; curiosamente nota que el anular le da mejor sabor, en este demora más su gustosa labor. De reojo la copa relampaguea tras un destello de luz instantáneo que activa sus glándulas salivales empapando su ansias de poseer ese rojo en su sangre, sauvignon.
Sin más, decide servir solo una que será el aperitivo de la perfecta culinaria que se encuentra en preparación. Esas notas pasionales del bolero, que susurra a lo lejos del salón y el vino alborotando su ansiosa humanidad, le hace pensar que esta casual mezcla de naranja y cabernet tienen un carácter similar a la misteriosa fascinación que siente por él. Solo algún ingrediente o algunas notas de algo, de lo que no tiene claridad, faltaría por completar.
Con una pícara sensualidad remoja los cortes de naranja en la copa de vino, tornándose esta simbiosis de color y sabor un acercamiento determinado a su vehemente pasión. Una Astilla de canela gruesa y firme, será el agitador perfecto de este novedoso coctel que tanto le hace estremecer en suspiros profundos y juguetonas sonrisas. El reflejo de la luz en la capa de roja tinta que crepita en la copa, memora sus besos húmedos los de él y el cobijo mullido del dulcísimo sabor en su piel.
Varios sorbos dejan rastros leves en sus labios y nota que al lamer el rescoldo, su gusto es como una noche de besos acalorados y de versos confesados con su perfecto amado. En ese instante como sublime aparición redime todos sus anhelos en una sola resolución.
Presurosa y embebida de su maravillosa idea, guarda todos los ingredientes antes dispuestos y solo le da paso a las rodajas, al vino, a la canela y se le ocurre también largas ramas de romero y un poco de miel. El vestido de seda rojo se guarda al cajón, y la fina vajilla, heredada de la tía Leonor, sale de la función.
Cual poción mágica añade un beso en sortilegio y algunos versos susurrados en la que además mezcla sus intensos deseos, en esta maravillosa copa de vino con sus naranjas ahogadas agitadas por una rama de canela. El aroma que emite la sabrosa mezcla, calienta sus poros y la eleva a la más lujuriosa escena.
La corona de romero adornará en su cabello, de miel pintará su labios gruesos y la flor enigmática de la que brotan sus muslos claros. Las rodajas marinadas cubrirán su cuerpo, y el caudal ligero que brotará destilado de naranja en vino acanelado delineará el contorno de su entallado cuerpo y será el plato principal de esta cena sublime que pronto se servirá.