Antomar Alas
Poeta recién llegado
Ya, Rienda Libre,
guardame del espasmódico encanto
que hay en su trágica inocencia.
Que me escalofría, que me ata; que me divaga
hasta el desenfreno.
Y entonces, resbalo y toco a Rigor,
y casi a Mortis; pero no es cierto;
son solo mis ojos danzando en óbito,
tras el homicidio del desvelo.
Deseos… desabridos algunas veces.
Anhelos… ebrios de falsedad.
Son solo mis ojos fingiéndome una trama,
mis ojos plagiándole a mi mente,
entre los valles indómitos que adormecen las angustias,
que gallardean más allá del REM.
Ya, Rienda Tosca, nefasta.
El alarido de la vigilia
me conmueve la obsesión;
el trémulo ojeo me sugiere -al parpadeo-
dejar morir, para vivir unos instantes
más allá de mi tragedia.
De tus labios trágicos, de…
la coloratura de tus pasos.
guardame del espasmódico encanto
que hay en su trágica inocencia.
Que me escalofría, que me ata; que me divaga
hasta el desenfreno.
Y entonces, resbalo y toco a Rigor,
y casi a Mortis; pero no es cierto;
son solo mis ojos danzando en óbito,
tras el homicidio del desvelo.
Deseos… desabridos algunas veces.
Anhelos… ebrios de falsedad.
Son solo mis ojos fingiéndome una trama,
mis ojos plagiándole a mi mente,
entre los valles indómitos que adormecen las angustias,
que gallardean más allá del REM.
Ya, Rienda Tosca, nefasta.
El alarido de la vigilia
me conmueve la obsesión;
el trémulo ojeo me sugiere -al parpadeo-
dejar morir, para vivir unos instantes
más allá de mi tragedia.
De tus labios trágicos, de…
la coloratura de tus pasos.
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