Enrique Romero
Poeta recién llegado
El carmesí flamante de la risa, la sutil caricia de su música azul suele perforarme el pecho, a veces, con su vibración incesante. Para después subir con su cuerpo despojado de sus inútiles enseres y su alma, bocanada de monóxido de carbono contenida en la garganta más profunda de la tierra. Así es que me elevo desnudo y abatido, como un nubarrón que no existe. El ónix de mi pecho se despedaza como un huevo que no termina nunca de caerse. Ayeres dirían que soy aquel retrato del incursor alado, y la de allá sólo la ánima que va segregando dopamina en los obstinados manglares de la conciencia; y más allá, lejos de los burdos remansos donde el corazón es pez y pájaro, pocos saben que se erguía la ciudad que precedía a las noches y a los días y que ahora es memoria y ruina. El ahora es rayo y consuelo. Lo veo y sé que no lo veo, y voy delirando, viendo e imaginando, cenegal de querencias disecadas, podredumbre nostálgica de los tiempos aquellos donde los recuerdos ya no son míos.