Ante etapas duras solo quedan dos caminos de cambio, el gradualismo o la revolución.
La revolución pero puede ser rápida, pero su misma violencia conlleva graves pérdidas para ciertos sectores, pérdidas que difícilmente serán resanadas a futuro y cuyo costo deja una profunda huella de resentimiento y simiente para el sectarismo.
El gradualismo es menos violento, y bien llevado puede funcionar sobre todo si sabe evitar ciertos problemas propios de todo cambio.
Lo principal es mantener las libertades, sobre todo la suficiente libertad informativa sobre los que se hace y permitir la investigación y control de los avances. La transparencia del gobierno es clave.
Otro tanto es la libertad para la protesta, el permitir que grupo descontentos, sin importar su número como grupo o como individuos, pueda tener libertad de expresarse y manifestar sus reclamos, con la condición de que no se recurra a la violencia. Si sus reclamos son justos, correctos, y son escuchados, no hace falta recurrir entonces a la violencia.
Lo último pero no menos importante, es hacer participar a dichos grupos dentro del proceso, para que ellos no solo aporten una visión adicional, sino que también se percaten que sus derechos no son únicos y exclusivos.
A veces es imposible lograr una solución donde todos ganen, pero si es posible lograr soluciones donde ninguno pierda.
Que noten que los derechos de otros se ven también afectados. Y por tanto es necesario ceder a posiciones donde, aunque no todos ganen, se procure que nadie pierda, o que si hay alguna pérdida se reciba una compensación justa y equilibrante.
Por esto la importancia de que gocen de la libertad para participar en las soluciones a implementarse.
No es correcto quitarle al pueblo sus responsabilidades pensando que el gobierno debe resolverlo todo.
El pueblo como soberano debe entender su papel como dueño del gobierno, y que los representantes elegidos son "empleados del pueblo".