epimeteo
Poeta que considera el portal su segunda casa
La vida, poco a poco, paso a paso
huyendo de alocadas fantasías
del rostro nos destruye simetrías
que transforma en un cuadro de Picasso.
Se expanden agujeros de la naso;
los ojos que alumbraron otros días
se debaten en puras agonías
señalando horizontes del ocaso.
La boca y las orejas no empatizan;
nariz, descomunal, ya es abstracción,
y todos en unión desarmonizan.
Los dientes son ficción, no se utilizan.
Es tal la decadencia a la sazón,
que pelos que no tengo se me erizan.
Miserias se deslizan
y me miro al espejo muy molesto
cara y gesto; mas... ¿Qué carajo es esto?
¡Oh, Némesis! Acude ya en mi ayuda
y colma a mi pintura de oropeles;
el trapo que limpiaba mis pinceles
¡Qué cuadro tan genial y abstracto exuda!
Busca arte, en esa pluma que le escuda,
el pintor, que ni usa sus pinceles;
sus manos y su “rostro”, y sus pinreles
le ayudan a su mente tan sesuda.
Necesita la pluma diligente
que exprese sabiamente lo profundo;
lo que nunca jamás verá la gente.
Que necio, que vulgar, que intransigente
aquel que su arte vea muy iracundo
o bien lo crea absurdo o displicente.
Y piensa, sabiamente:
“antes que se vea mi plumero
que mi arte me genere buen dinero”
Pobres palabras mías que no expresan
la huera humanidad, su lento ocaso;
así se manifiesta su fracaso
aunque harta de detritus, su ego besan.
Y de estrujarle el alma nunca cesan;
la quieren simple, de cerebro laso;
que exprese su sentir de medio vaso;
si lleno lo requiere, la procesan.
Le canta a la tragedia, mas de lejos.
Y en ese su sentir simplón, gregario,
rechaza con horror a los espejos.
Abruman los problemas por complejos
si cerca se presentan en precario;
sus únicas ayudas son consejos.