Robsalz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Me regalaron un desierto sin arena,
un circo sin carpa,
un viaje a la Luna sin salir de la La Tierra,
un orgasmo a cien kilómetros de tu lengua
y una lista de la que te hago detalle.
Un hijo de Dios sin milagros ni resurrección,
una calle sin entrada ni salida,
tus besos en mi boca con olor a otro hombre,
medio colchón,
el misterio de un rosario que ni los santos conocen,
una mortaja y mi despedida.
Me obsequiaron un domingo sin lunes siguiente,
cuatro cuartos de hora sin hora completa,
un marciano, un zapato sin huella,
un dos mil diecisiete que no vale la pena
y un pasado que no tiene presente.
Un febrero bisiesto que padece de amnesia,
veinte kilos de dudas,
un armario lleno de dolores de cabeza
y mi rodilla desnuda.
Una estaca clavada
a la espina dorsal de mi orgullo,
un aguacero en verano,
dos barriles de cerveza,
ninguna certeza de que yo te robe el mandado
y mil señales de humo.
Un te quiero en vez de un te amo,
un abrazo con vista al vacío,
un cumpleaños en medio septiembre
que no es mío
porque cumplo en noviembre
y un beso en la mejilla que antes ponía en tus labios.
Un domingo sin lunes siguiente,
una cena y un hilo de dientes
que venció hace seis años,
una almohada solitaria,
un anillo de bodas escurrido en un caño
y una imagen con un extraño
que miro y me desbarata.
Un vecindario de rumores conmigo,
un saludo de manos
y un par de gitanos que hoy son mis amigos,
un perro sin nombre,
un árbol de limón que entrega manzanas,
a San Pedro y Satanás que juegan de noche
una mano de barajas,
una biblia en blanco
y la cuenta de un banco
donde deposito derrotas en vez de ganancias.
un circo sin carpa,
un viaje a la Luna sin salir de la La Tierra,
un orgasmo a cien kilómetros de tu lengua
y una lista de la que te hago detalle.
Un hijo de Dios sin milagros ni resurrección,
una calle sin entrada ni salida,
tus besos en mi boca con olor a otro hombre,
medio colchón,
el misterio de un rosario que ni los santos conocen,
una mortaja y mi despedida.
Me obsequiaron un domingo sin lunes siguiente,
cuatro cuartos de hora sin hora completa,
un marciano, un zapato sin huella,
un dos mil diecisiete que no vale la pena
y un pasado que no tiene presente.
Un febrero bisiesto que padece de amnesia,
veinte kilos de dudas,
un armario lleno de dolores de cabeza
y mi rodilla desnuda.
Una estaca clavada
a la espina dorsal de mi orgullo,
un aguacero en verano,
dos barriles de cerveza,
ninguna certeza de que yo te robe el mandado
y mil señales de humo.
Un te quiero en vez de un te amo,
un abrazo con vista al vacío,
un cumpleaños en medio septiembre
que no es mío
porque cumplo en noviembre
y un beso en la mejilla que antes ponía en tus labios.
Un domingo sin lunes siguiente,
una cena y un hilo de dientes
que venció hace seis años,
una almohada solitaria,
un anillo de bodas escurrido en un caño
y una imagen con un extraño
que miro y me desbarata.
Un vecindario de rumores conmigo,
un saludo de manos
y un par de gitanos que hoy son mis amigos,
un perro sin nombre,
un árbol de limón que entrega manzanas,
a San Pedro y Satanás que juegan de noche
una mano de barajas,
una biblia en blanco
y la cuenta de un banco
donde deposito derrotas en vez de ganancias.