Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Creí que no me costaría tanto
hablar de la nostalgia porque vengo
de una melancolía sostenida
que siempre supo de guardar secretos.
Pero me pongo y fluyen las estrofas,
y dejo de ser grande sin empeños.
Me transporto al hogar destartalado
que fue mi cuna y fue también mi empleo.
Hoy recuerdo los muros tutelares
que albergaron mi infancia y sus anhelos,
mi vieja habitación de adolescente
con póster de Miguel y cuatro versos.
La cama, condenadamente vieja,
lucía cada noche con mis sueños
y al despertar volvía a su vejez
mientras soñaba yo medio despierto.
El trajín de una fábrica vivienda,
camiones, gaseosas, mucho hielo
y un ansia de aventura a flor de piel
dispuesta a descubrir sus recovecos.
Jugué a ser extranjero en mis dominios,
a ser indio a caballo, a ser vaquero;
soldado de un ejército de amigos
en un vaivén de cajas y cajeros.
Aquellos tiempos que dejé olvidados
cuando empezó la vida su cortejo
ocupan, con sus grietas y sus sombras,
un espacio de vueltas y regresos.
Aún, cuando en la calle me interceptan
y escucho de otras voces ¡Limonero!,
retorno a mis raíces con presura
y a aquel lugar en donde fui creciendo.
hablar de la nostalgia porque vengo
de una melancolía sostenida
que siempre supo de guardar secretos.
Pero me pongo y fluyen las estrofas,
y dejo de ser grande sin empeños.
Me transporto al hogar destartalado
que fue mi cuna y fue también mi empleo.
Hoy recuerdo los muros tutelares
que albergaron mi infancia y sus anhelos,
mi vieja habitación de adolescente
con póster de Miguel y cuatro versos.
La cama, condenadamente vieja,
lucía cada noche con mis sueños
y al despertar volvía a su vejez
mientras soñaba yo medio despierto.
El trajín de una fábrica vivienda,
camiones, gaseosas, mucho hielo
y un ansia de aventura a flor de piel
dispuesta a descubrir sus recovecos.
Jugué a ser extranjero en mis dominios,
a ser indio a caballo, a ser vaquero;
soldado de un ejército de amigos
en un vaivén de cajas y cajeros.
Aquellos tiempos que dejé olvidados
cuando empezó la vida su cortejo
ocupan, con sus grietas y sus sombras,
un espacio de vueltas y regresos.
Aún, cuando en la calle me interceptan
y escucho de otras voces ¡Limonero!,
retorno a mis raíces con presura
y a aquel lugar en donde fui creciendo.