Géminis 48
M.F.P.
El tiempo consumido agota la existencia
de la lágrima sobre el cristal
y es bueno no alterar ese proceso,
no profanar el deseo de su huida.
Si fuera espejo cóncavo restauraría
el humilde llanto a su pasado próximo;
reviviría historias de traumas olvidados,
los que crecieron en el vértigo
de aquel acantilado infinito lleno
su espacio de luciérnagas sin brillo.
Todas aquellas máscaras que pudieran
ausentarse del Gran Carnaval
deberían posarse en los rostros de los
vagabundos que antaño no fueron
y restañar la sangre que corría enloquecida
por los vidrios de entonces
cuando aquel holocausto presumía de heroico
atravesando capas de agonía.
El códice litúrgico abandonando su cuna
se rebela como sus antepasados
y audibles son los silencios que deja su estela
en su marcha inesperada:
Devorad -dice- aguas heladas, los fuegos
acaparadores de esta trama.
Ciertas encrucijadas han alardeado
de ocultar sus salidas a las lágrimas
pero el tiempo, el evaporador universal,
las disipa inexorablemente
y de su humedecido estado sólo queda
una mancha invisible apenas.
Una mancha, una huella, un testimonio
recóndito dictando su secreto.
Una estampa en el aire parece cuando se ausenta
el cristal y tenebroso el escape
por la contradicción de la fuga en estas
secuencias alarmantemente insólitas.
Un cataclismo lento puede envolver el globo
si todas las gotas de dolor
navegan por las tierras arduas sincronizando
el comienzo de la inundación.
Mas ¿que sentencia habría para los asesinos
del planeta considerándola
compartida con todos los intrusos que
se adherirían paulatinamente?
Palabras imprecisas vuelan, aeroplanos
del aire viciado, y no por ello
son videntes de las húmedas lombrices
que minan las placas transparentes.
Andrajos de señuelo, enemigos de las lágrimas
se muestran ante ellas
como papel secante o cristal resbaladizo.
Pobres espectadores macilentos,
esperanzados al nacer la luz, sólo ven
el reflejo del aura de la lágrima.
Géminis 48
M.F.P.
Mayo 2013
de la lágrima sobre el cristal
y es bueno no alterar ese proceso,
no profanar el deseo de su huida.
Si fuera espejo cóncavo restauraría
el humilde llanto a su pasado próximo;
reviviría historias de traumas olvidados,
los que crecieron en el vértigo
de aquel acantilado infinito lleno
su espacio de luciérnagas sin brillo.
Todas aquellas máscaras que pudieran
ausentarse del Gran Carnaval
deberían posarse en los rostros de los
vagabundos que antaño no fueron
y restañar la sangre que corría enloquecida
por los vidrios de entonces
cuando aquel holocausto presumía de heroico
atravesando capas de agonía.
El códice litúrgico abandonando su cuna
se rebela como sus antepasados
y audibles son los silencios que deja su estela
en su marcha inesperada:
Devorad -dice- aguas heladas, los fuegos
acaparadores de esta trama.
Ciertas encrucijadas han alardeado
de ocultar sus salidas a las lágrimas
pero el tiempo, el evaporador universal,
las disipa inexorablemente
y de su humedecido estado sólo queda
una mancha invisible apenas.
Una mancha, una huella, un testimonio
recóndito dictando su secreto.
Una estampa en el aire parece cuando se ausenta
el cristal y tenebroso el escape
por la contradicción de la fuga en estas
secuencias alarmantemente insólitas.
Un cataclismo lento puede envolver el globo
si todas las gotas de dolor
navegan por las tierras arduas sincronizando
el comienzo de la inundación.
Mas ¿que sentencia habría para los asesinos
del planeta considerándola
compartida con todos los intrusos que
se adherirían paulatinamente?
Palabras imprecisas vuelan, aeroplanos
del aire viciado, y no por ello
son videntes de las húmedas lombrices
que minan las placas transparentes.
Andrajos de señuelo, enemigos de las lágrimas
se muestran ante ellas
como papel secante o cristal resbaladizo.
Pobres espectadores macilentos,
esperanzados al nacer la luz, sólo ven
el reflejo del aura de la lágrima.
Géminis 48
M.F.P.
Mayo 2013