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Poeta recién llegado
Le pidió que lo bañara porque llevaba sucio meses. El riesgo de neumonía era una certeza en invierno. Hace meses que nadie viene a verlo –respondió casi solo para sí. El jefe del piso, creyéndolo preparado, agregó: Báñalo y deja la ventana abierta. Recibió una mirada de espanto, recapacitó, lo había confundido con otro auxiliar; ahora debía darle razones y argumentos: Descansará, nadie paga sus facturas. No puedo –musitó el auxiliar. Estudiar tantos años para discutir con un auxiliar–pensó. Recordó sus lecciones de ética profesional: Hay gente que verdaderamente necesita esta cama. El auxiliar seguía aterrorizado. El doctor se impacientó, se acercaba la hora del almuerzo: Déjalo, podemos pedir tu cambio a urgencias. El auxiliar, mirando el suelo, cedió un poco: Puedo bañarlo. El doctor miró su reloj: Está bien. Después del almuerzo pasó por la cama del anciano que aún temblaba, lo destapó y abrió la ventana. Al día siguiente, trajeron otro anciano que tampoco hablaba ni se movía. No podía creer su suerte, de seguir así lo volverían a ascender pronto.
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