Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sombra altiva que te alzas arrogante,
devorando las estrellas de mi bóveda celeste.
Creí que era una expansión inquebrantable,
prófugo infinito de mis sueños alados,
perfumados de esplendida esperanza,
cual néctar de lunas blancas,
y vinos ligeros sacados de apacibles ríos de amor dulce.
Yaces sobrevolando el vientre de mi universo,
sembrando raíces anchas, largas y muy profundas,
adentrándose en las dimensiones de los espejos,
aquellos reflejos de las almas putrefactas,
que se desgastan, acabando con su esencia espiritual,
esperando, solo esperando, un trueno seco,
cuyo tronido prolongado,
sea el aviso inminente de un rayo firme y fuerte de fe.
Creen como yo, que la esperanza y la fe, están encadenados,
como el hueso y la carne, la sangre y el alma.
Tu veneno destruye todo,
y todo queda sumergido en un mar de negrura.
Es cierto, es una inmensidad majestuosa, serena y relajante,
pero vacía de nada, y muy llena de absoluta soledad,
como lo es mi penumbra intima, como lo es mi alma parda.
Deja mis estrellas de plata,
no las destruyas, me fascina su claridad envidiable,
me seduce su lejanía, y el enigmático resplandor de su fuerza,
me atraen sus diamantes,
aquellos bordados alrededor de las luminarias,
que desatan la áurea estelar.
Déjame un rostro lunar,
déjame dos ojos de estrella,
déjame un puñado de cabellos solares,
déjame una estela de cometas, ardiendo en fuego,
para así formar un cuerpo cósmico,
semejante a una mujer,
y no quedarme solo,
en medio del eterno anochecer de sangre espesa,
cuyos ríos sombríos indicaran el fin y el cerrar de ojos,
entonces dormiré un larguísimo sueño,
y soñare con mi dama esperanza,
hecha de fragmentos de astros fracturados.
La voz de la resurrección dijo:
“Luz para los caídos,
para los que anhelan un destello de luz,
que disipe las tinieblas de la muerte espiritual”.
Me levantare radiante, como sol nuevo, y echare las tinieblas,
y huirán como miles de serpientes, dejando mi paraíso intacto.
Sonreiré como nunca antes,
ante las palabras de mi niña esperanza,
que vuela, plantando bellos colores sobre el cielo nuevo,
y en sus alas guarda grandiosas maravillas…
Ella pregona con voz dócil y dulce:
“La luz es una sonrisa brillante
que emerge desde el aurora del alma,
para aquellos que vislumbran la esperanza como el último milagro”.
devorando las estrellas de mi bóveda celeste.
Creí que era una expansión inquebrantable,
prófugo infinito de mis sueños alados,
perfumados de esplendida esperanza,
cual néctar de lunas blancas,
y vinos ligeros sacados de apacibles ríos de amor dulce.
Yaces sobrevolando el vientre de mi universo,
sembrando raíces anchas, largas y muy profundas,
adentrándose en las dimensiones de los espejos,
aquellos reflejos de las almas putrefactas,
que se desgastan, acabando con su esencia espiritual,
esperando, solo esperando, un trueno seco,
cuyo tronido prolongado,
sea el aviso inminente de un rayo firme y fuerte de fe.
Creen como yo, que la esperanza y la fe, están encadenados,
como el hueso y la carne, la sangre y el alma.
Tu veneno destruye todo,
y todo queda sumergido en un mar de negrura.
Es cierto, es una inmensidad majestuosa, serena y relajante,
pero vacía de nada, y muy llena de absoluta soledad,
como lo es mi penumbra intima, como lo es mi alma parda.
Deja mis estrellas de plata,
no las destruyas, me fascina su claridad envidiable,
me seduce su lejanía, y el enigmático resplandor de su fuerza,
me atraen sus diamantes,
aquellos bordados alrededor de las luminarias,
que desatan la áurea estelar.
Déjame un rostro lunar,
déjame dos ojos de estrella,
déjame un puñado de cabellos solares,
déjame una estela de cometas, ardiendo en fuego,
para así formar un cuerpo cósmico,
semejante a una mujer,
y no quedarme solo,
en medio del eterno anochecer de sangre espesa,
cuyos ríos sombríos indicaran el fin y el cerrar de ojos,
entonces dormiré un larguísimo sueño,
y soñare con mi dama esperanza,
hecha de fragmentos de astros fracturados.
La voz de la resurrección dijo:
“Luz para los caídos,
para los que anhelan un destello de luz,
que disipe las tinieblas de la muerte espiritual”.
Me levantare radiante, como sol nuevo, y echare las tinieblas,
y huirán como miles de serpientes, dejando mi paraíso intacto.
Sonreiré como nunca antes,
ante las palabras de mi niña esperanza,
que vuela, plantando bellos colores sobre el cielo nuevo,
y en sus alas guarda grandiosas maravillas…
Ella pregona con voz dócil y dulce:
“La luz es una sonrisa brillante
que emerge desde el aurora del alma,
para aquellos que vislumbran la esperanza como el último milagro”.
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