DE NUEVO LA MADRUGADA
En la noche violentada por la luna
y los susurros de oraciones
dibujo mis abstracciones sobre un tabique cuarteado,
apenas un armario y el grabado de un lepidóptero
acompañan a mis fantasmas.
Es la noche abisal de la ciudad en sus áticos.
Chirrían los frenos de los autos
y las chicharras campestres (sólo soñadas).
A lo lejos, en un viejo receptor,
las canciones desgastadas de algún cantante francés.
Mis calurosas noches de azoteas bien pobladas,
recorridas por pegasos de alas de plástico
que hacen, como yo, su último viaje.
Espero a mi decrépita odalisca
con su venecíaca máscara deslustrada,
odre de caridad, lirio multicolor desdentado,
para que fume conmigo las últimas caladas de peyote
o bebamos ayahuasca.
A través de la vacía botella de coñac adulterado
veo, ambarinos, los brillos del neón como futuros gusanos
y algún Maldoror velado que me mira fijamente.
¿Ya es la hora de partir, desventurado?
Los olvidados versos me golpean con la insistencia
de una enciclopedia trasnochada.
Ya no quedamos poetas.
Sólo marionetas macabras alucinando entre eructos,
como insectos amarillos,
como odres vacíos, sin sustancia.
Aunque ha sido feliz en esta fiesta
de los carmines ajados,
con guirnaldas cuajadas de bailarines ahorcados, sonrientes,
con farolillos que insisten en sus luces apagadas,
con las primeras voces que llaman desde la calle
recién limpiada de ensangrentados maniquíes.
Oh, noche resplandeciente,
cuajada de suntuosas procelas que preparan
nuestro postrer vómito.
Ilust.: Vincent van Gogh.- "La terraza del café por la la Place du Forum en Arlès"
En la noche violentada por la luna
y los susurros de oraciones
dibujo mis abstracciones sobre un tabique cuarteado,
apenas un armario y el grabado de un lepidóptero
acompañan a mis fantasmas.
Es la noche abisal de la ciudad en sus áticos.
Chirrían los frenos de los autos
y las chicharras campestres (sólo soñadas).
A lo lejos, en un viejo receptor,
las canciones desgastadas de algún cantante francés.
Mis calurosas noches de azoteas bien pobladas,
recorridas por pegasos de alas de plástico
que hacen, como yo, su último viaje.
Espero a mi decrépita odalisca
con su venecíaca máscara deslustrada,
odre de caridad, lirio multicolor desdentado,
para que fume conmigo las últimas caladas de peyote
o bebamos ayahuasca.
A través de la vacía botella de coñac adulterado
veo, ambarinos, los brillos del neón como futuros gusanos
y algún Maldoror velado que me mira fijamente.
¿Ya es la hora de partir, desventurado?
Los olvidados versos me golpean con la insistencia
de una enciclopedia trasnochada.
Ya no quedamos poetas.
Sólo marionetas macabras alucinando entre eructos,
como insectos amarillos,
como odres vacíos, sin sustancia.
Aunque ha sido feliz en esta fiesta
de los carmines ajados,
con guirnaldas cuajadas de bailarines ahorcados, sonrientes,
con farolillos que insisten en sus luces apagadas,
con las primeras voces que llaman desde la calle
recién limpiada de ensangrentados maniquíes.
Oh, noche resplandeciente,
cuajada de suntuosas procelas que preparan
nuestro postrer vómito.
Ilust.: Vincent van Gogh.- "La terraza del café por la la Place du Forum en Arlès"
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