Aguila Albina.
Poeta recién llegado
Cuando en visión y éxtasis
se me permitió ver,
la consecuencia natural de la vida
observé el rió de la muerte
del que todos habrán de beber.
Allí donde sacian las ansias
que produce la sed,
las descansadas almas
que desde el otro lado susurran:
venid, tomad y pereced.
Hay de los que piensan
que el gran caudal es lúgubre,
y hay de los que piensan
que sus orillas son causa de quebranto:
carentes de faro, sin luz que nos alumbre.
Pero sereno vi al río
de calma corriente y perfil plano,
con aguas de tono verde
cual cabellos de Glauco
e inmaduros frutos del manzano.
Clara es la espuma
que aura le da al zumo de los inertes,
donde, hasta el más apegado a vicisitudes
de él tentado se ve a tomar
y abandona el mundo de los vivientes.
Sin embargo, no es el agua
la vista más maravillosa,
sino lo botecillos y canoas
que sobre ella planean
rosando las olas más hermosas.
Y adornadas van en la bruma
que desprende esencias gráciles,
un perfume gaseoso
con base de icor
y aromas femeniles.
Carentes de remos
y piloteadas por guirnaldas,
de orquídeas tejidas
y voluptuosos claveles
en cuyas hojas brillan esmeraldas.
Más con los arreglos florales
mejor juego hacen las telas palatinas,
que ondean sin necesidad de brisa
áureos y celestes terciopelos
con la levedad de velas marinas.
Y lo que es creciente
aumenta hasta ser inefable,
pues si los adornos son magníficos
la verdadera joya
son los pasajeros, de rostros amables.
De los Dioses y sus amantes
que poco cubren sus pieles,
para mostrar las tonalidades divinas
que a la salud de sus cuerpos
sirven como protectores y como manteles.
Y si tan fino hubiese purpura de Tiro
o fuese un carmesí tan puro,
como la dermis sagrada de Dioses y acompañantes
no conseguiría su pigmentación clara
ni tampoco imitaría su tono oscuro.
Ojala por siempre me detuviese
en los matices verdes y azules,
o en los miembros de las divinidades femeninas
o en las masculinas barbas de los santos seres
Que belleza en cofres guardan y celan en baúles.
Ni hablar del placer que produce
la vestimenta y el atavío,
con que los inmortales poco se cubren
resaltando perfecta forma
que al mortal tortura y cuya carencia causa desvarío.
Por eso con gusto estuve a punto
de entregar el alma al agua,
y unirme a los difuntos
que en gloriosa barca
el deleite les aguarda.
Porque no puede el más grato sueño imaginar
con las damas del otoño navegar,
entre caricias y gestos juguetones
con sus semblantes desnudos y cobrizos cabellos
que incluso al más cuerdo hacen delirar.
Entonces con los pies ya en el agua
y arrebatado del deseo,
clamé: ¡Tomadme entre vosotras, Diosas,
señores del velo, hacedme vuestro compañero,
dadme un lugar en vuestras barcas y guiadme al empíreo!
Y pronto estuve a dejar atrás el orbe
y morir por propia voluntad,
empero, algo me retuvo
y recordé el motivo
de porque en vivir hay aún una bondad.
Una bondad nombrada
como el don de la sabiduría,
que oculta su corona en oscuro ónice
y en regocijo su piel esmalta
como producto de albina hechicería.
De tan ilustre sapiencia
y de ritmo sonoro,
que a su risa construyeron iglesia
y sus miembros inmortalizaron en piedra
los reyes del Bósforo.
Así, Atrás momentánea dicha
al frente sempiterno alborozo,
me debatía con desdicha
entre la certeza del otro mundo
y este mundo de improbable gozo.
Pero por más que la divina compañía
me embelesara,
al ser fausto exánime
significaría que por capricho
a mayor gracia desdeñara.
Una gracia que no es perenne
pero más me extasía,
los amores de una mortal
cuyos labios albergan más sabores
que un trozo entero de ambrosía.
Tras abandonarme a mis internos ruegos
desvaneciose la visión,
tentadora y placentera
rechacé inmerecida oferta
por la augusta emperatriz de la pasión.
Esperando, que quizá, cuando muera
comparta con los dioses en sus barcas,
la beldad de aquella dama
que mayor grandeza y mayor tesoro
oculta en sus ojos y protege en sus arcas.
se me permitió ver,
la consecuencia natural de la vida
observé el rió de la muerte
del que todos habrán de beber.
Allí donde sacian las ansias
que produce la sed,
las descansadas almas
que desde el otro lado susurran:
venid, tomad y pereced.
Hay de los que piensan
que el gran caudal es lúgubre,
y hay de los que piensan
que sus orillas son causa de quebranto:
carentes de faro, sin luz que nos alumbre.
Pero sereno vi al río
de calma corriente y perfil plano,
con aguas de tono verde
cual cabellos de Glauco
e inmaduros frutos del manzano.
Clara es la espuma
que aura le da al zumo de los inertes,
donde, hasta el más apegado a vicisitudes
de él tentado se ve a tomar
y abandona el mundo de los vivientes.
Sin embargo, no es el agua
la vista más maravillosa,
sino lo botecillos y canoas
que sobre ella planean
rosando las olas más hermosas.
Y adornadas van en la bruma
que desprende esencias gráciles,
un perfume gaseoso
con base de icor
y aromas femeniles.
Carentes de remos
y piloteadas por guirnaldas,
de orquídeas tejidas
y voluptuosos claveles
en cuyas hojas brillan esmeraldas.
Más con los arreglos florales
mejor juego hacen las telas palatinas,
que ondean sin necesidad de brisa
áureos y celestes terciopelos
con la levedad de velas marinas.
Y lo que es creciente
aumenta hasta ser inefable,
pues si los adornos son magníficos
la verdadera joya
son los pasajeros, de rostros amables.
De los Dioses y sus amantes
que poco cubren sus pieles,
para mostrar las tonalidades divinas
que a la salud de sus cuerpos
sirven como protectores y como manteles.
Y si tan fino hubiese purpura de Tiro
o fuese un carmesí tan puro,
como la dermis sagrada de Dioses y acompañantes
no conseguiría su pigmentación clara
ni tampoco imitaría su tono oscuro.
Ojala por siempre me detuviese
en los matices verdes y azules,
o en los miembros de las divinidades femeninas
o en las masculinas barbas de los santos seres
Que belleza en cofres guardan y celan en baúles.
Ni hablar del placer que produce
la vestimenta y el atavío,
con que los inmortales poco se cubren
resaltando perfecta forma
que al mortal tortura y cuya carencia causa desvarío.
Por eso con gusto estuve a punto
de entregar el alma al agua,
y unirme a los difuntos
que en gloriosa barca
el deleite les aguarda.
Porque no puede el más grato sueño imaginar
con las damas del otoño navegar,
entre caricias y gestos juguetones
con sus semblantes desnudos y cobrizos cabellos
que incluso al más cuerdo hacen delirar.
Entonces con los pies ya en el agua
y arrebatado del deseo,
clamé: ¡Tomadme entre vosotras, Diosas,
señores del velo, hacedme vuestro compañero,
dadme un lugar en vuestras barcas y guiadme al empíreo!
Y pronto estuve a dejar atrás el orbe
y morir por propia voluntad,
empero, algo me retuvo
y recordé el motivo
de porque en vivir hay aún una bondad.
Una bondad nombrada
como el don de la sabiduría,
que oculta su corona en oscuro ónice
y en regocijo su piel esmalta
como producto de albina hechicería.
De tan ilustre sapiencia
y de ritmo sonoro,
que a su risa construyeron iglesia
y sus miembros inmortalizaron en piedra
los reyes del Bósforo.
Así, Atrás momentánea dicha
al frente sempiterno alborozo,
me debatía con desdicha
entre la certeza del otro mundo
y este mundo de improbable gozo.
Pero por más que la divina compañía
me embelesara,
al ser fausto exánime
significaría que por capricho
a mayor gracia desdeñara.
Una gracia que no es perenne
pero más me extasía,
los amores de una mortal
cuyos labios albergan más sabores
que un trozo entero de ambrosía.
Tras abandonarme a mis internos ruegos
desvaneciose la visión,
tentadora y placentera
rechacé inmerecida oferta
por la augusta emperatriz de la pasión.
Esperando, que quizá, cuando muera
comparta con los dioses en sus barcas,
la beldad de aquella dama
que mayor grandeza y mayor tesoro
oculta en sus ojos y protege en sus arcas.