Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Bordeando la carretera que lleva a Santamar, durante un tramo de, aproximadamente, trescientos metros, por la cuneta izquierda corre un arroyo. Tiene su origen en un manantial que está allí mismo y que siempre recuerdo dando la idéntica cantidad de agua. Éste, se esconde entre tres sauces de largas y rendidas ramas, y el agua cae desde un tosco tubo de hierro a una losa de piedra pulida y resbaladiza. Corre desde allí, camino del río que pasa, irresistible como canto de sirena, por las proximidades y a él baja gustoso el arroyo.
Sauces salvajes, zarzas y matorrales van contorneándolo, conteniéndolo, hasta una pequeña alcantarilla, donde se remansa entre juncos y masiegas, como si quisiera tomar un instante de reposo, una última bocanada de paisaje y precipitarse después por debajo de la carretera, hasta el cauce del Cea.
De ahí mismo, mientras voy caminando, surge, curiosa y temerosa, la cigüeña, con el pico y las largas patas chorreando. Es una sorpresa y un preludio; un presagio, la confirmación alegre y hermosa de que otro nuevo ciclo ha comenzado. Un vuelo corto la ha llevado al centro de un pequeño prado; se vuelve, me mira como si me estuviese inspeccionando y, ya satisfecha, alza el vuelo firme y poderoso que la va a llevar a la espadaña de la iglesia. En el gran nido, se revuelve, majestuosa; con el pico coloca algunas ramas y acolcha con hierbas el fondo. Ágil y elástica, con movimientos precisos, se va a componer el plumaje. Ya preparada, enhiesta sobre sus patas, otea el horizonte buscando el camino del sol en la mañana. Nada, ni el viento, ni la nieve, ni el agua, ni la helada van a enfriar el pecho en que duerme, tiernamente presentida, la primavera. Un reto al invierno, alzada y desafiante, bandera de otro tiempo es la cigüeña, erguida en la espadaña.
Sauces salvajes, zarzas y matorrales van contorneándolo, conteniéndolo, hasta una pequeña alcantarilla, donde se remansa entre juncos y masiegas, como si quisiera tomar un instante de reposo, una última bocanada de paisaje y precipitarse después por debajo de la carretera, hasta el cauce del Cea.
De ahí mismo, mientras voy caminando, surge, curiosa y temerosa, la cigüeña, con el pico y las largas patas chorreando. Es una sorpresa y un preludio; un presagio, la confirmación alegre y hermosa de que otro nuevo ciclo ha comenzado. Un vuelo corto la ha llevado al centro de un pequeño prado; se vuelve, me mira como si me estuviese inspeccionando y, ya satisfecha, alza el vuelo firme y poderoso que la va a llevar a la espadaña de la iglesia. En el gran nido, se revuelve, majestuosa; con el pico coloca algunas ramas y acolcha con hierbas el fondo. Ágil y elástica, con movimientos precisos, se va a componer el plumaje. Ya preparada, enhiesta sobre sus patas, otea el horizonte buscando el camino del sol en la mañana. Nada, ni el viento, ni la nieve, ni el agua, ni la helada van a enfriar el pecho en que duerme, tiernamente presentida, la primavera. Un reto al invierno, alzada y desafiante, bandera de otro tiempo es la cigüeña, erguida en la espadaña.