Teo Moran
Poeta fiel al portal
La tarde se arrastra en las vaguadas,
por los caminos que se adentran en el alma,
en las flores dormidas en el otoño
en una pequeña vereda de ausencia.
¡Y ese viento copa la herida de mi sueño
con la sombra de una tarde enamorada!
Vela la tarde al trigal que llora sediento
y la tormenta sombría huye por los campos
dejando en el aire unas gotas de sufrimiento.
¡La tarde es el amor y es mi desconsuelo!
Debe ser que me atrapa con su ocaso,
que con su cadencia oprime al recuerdo
sobre la línea delgada de los tejados,
y yo voy como ascua buscando su lumbre
que arde en las latitudes de la tarde
donde nada queda del alma del poeta
y el río es la sangre que vierte el hombre.
La tarde amarillea en las vaguadas
con los salmos que vierten los olivos,
junto a las rosas que sueñan azoradas
entre los quebrantos de los naranjos,
y allí, en la soleada tarde son bosquejos
que se encienden con el fuego del alma
donde a cada paso huele a verde romero
y los jilgueros con sus delicados vuelos
pintan a su mirada con el pincel de sus trinos
mientras en el corazón arde la promesa
que la tarde quema con su triste desvelo.
La tarde arde con su pena en el alma
porque por la vereda huele a rosas,
porque llevo un clavel sangrante en la boca
el cual se marchita con sus hojas rojas,
mientras la tarde incendia el alma del poeta
y el río es la sangre que vierte el hombre.
por los caminos que se adentran en el alma,
en las flores dormidas en el otoño
en una pequeña vereda de ausencia.
¡Y ese viento copa la herida de mi sueño
con la sombra de una tarde enamorada!
Vela la tarde al trigal que llora sediento
y la tormenta sombría huye por los campos
dejando en el aire unas gotas de sufrimiento.
¡La tarde es el amor y es mi desconsuelo!
Debe ser que me atrapa con su ocaso,
que con su cadencia oprime al recuerdo
sobre la línea delgada de los tejados,
y yo voy como ascua buscando su lumbre
que arde en las latitudes de la tarde
donde nada queda del alma del poeta
y el río es la sangre que vierte el hombre.
La tarde amarillea en las vaguadas
con los salmos que vierten los olivos,
junto a las rosas que sueñan azoradas
entre los quebrantos de los naranjos,
y allí, en la soleada tarde son bosquejos
que se encienden con el fuego del alma
donde a cada paso huele a verde romero
y los jilgueros con sus delicados vuelos
pintan a su mirada con el pincel de sus trinos
mientras en el corazón arde la promesa
que la tarde quema con su triste desvelo.
La tarde arde con su pena en el alma
porque por la vereda huele a rosas,
porque llevo un clavel sangrante en la boca
el cual se marchita con sus hojas rojas,
mientras la tarde incendia el alma del poeta
y el río es la sangre que vierte el hombre.