Nommo
Poeta veterano en el portal
Habíamos traspasado la frontera.
Por debajo de tu cremallera, asomaba tu bello cuerpo.
Te di un buen masaje, con aceite de almendras.
Dejaste que te manoseara con ternura y pasión.
No quise cobrarte ni un céntimo. Al despedirte, me abrazaste y me atrapaste, con tu pegamento.
Los dos juntos, rodamos por el suelo.
Entonces, hiciste gimnasia en mí.
Botabas y rebotabas, en cuclillas, como si yo fuera un muñeco de cera.
En el museo...
Te pregunté: ¿ Qué estás haciendo ? ¿ Por qué yo ?
Gimoteabas y te crecía mucho, el pelo.
Se iba llenando la habitación, de melena y trenzas.
Y luego, crecieron flores en tus senos, y salían membrillos de tus manos...
Y yo no comprendía aquel éxtasis tan genuino. ¿ Era la sinfonía del Nuevo Mundo, según Antonín Dvórak,
hecha realidad ?
Nos miramos al espejo y vimos, a lo lejos, en la profundidad de esa escena...
Dos puerco-espines que se cepillaban, el uno al otro, los dientes.
Pero tú, ya eras mantis religiosa de color verde, que se aproximaba, con sus mandíbulas, a mi cabeza.
Y dije: ¡ Eh ! Mis sesos son sagrados.
Y eso no te agradó. Te marchaste y sin embargo, dejaste una tarjeta con tu número de teléfono.
Por debajo de tu cremallera, asomaba tu bello cuerpo.
Te di un buen masaje, con aceite de almendras.
Dejaste que te manoseara con ternura y pasión.
No quise cobrarte ni un céntimo. Al despedirte, me abrazaste y me atrapaste, con tu pegamento.
Los dos juntos, rodamos por el suelo.
Entonces, hiciste gimnasia en mí.
Botabas y rebotabas, en cuclillas, como si yo fuera un muñeco de cera.
En el museo...
Te pregunté: ¿ Qué estás haciendo ? ¿ Por qué yo ?
Gimoteabas y te crecía mucho, el pelo.
Se iba llenando la habitación, de melena y trenzas.
Y luego, crecieron flores en tus senos, y salían membrillos de tus manos...
Y yo no comprendía aquel éxtasis tan genuino. ¿ Era la sinfonía del Nuevo Mundo, según Antonín Dvórak,
hecha realidad ?
Nos miramos al espejo y vimos, a lo lejos, en la profundidad de esa escena...
Dos puerco-espines que se cepillaban, el uno al otro, los dientes.
Pero tú, ya eras mantis religiosa de color verde, que se aproximaba, con sus mandíbulas, a mi cabeza.
Y dije: ¡ Eh ! Mis sesos son sagrados.
Y eso no te agradó. Te marchaste y sin embargo, dejaste una tarjeta con tu número de teléfono.
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