José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
ManOLÉte
Magia: Rosa y Oro
ManOLÉte, no tuve la suerte de conocerte,
te habías ido hacía ya doce años, cuando yo nací.
Pero no por ello puedo dejar de admirarte,
de encumbrarte,
de seguir aprendiendo de ti.
Se que mi memoria no son de recuerdos
de retina.
Es memoria de recuerdos colectivos
que aún hoy siguen vivos y muy activos
y que nunca sucumbirán en el olvido.
Mi interés hacia tu vida, se inició siendo muy niño
cuando escuché aquella canción que decía, algo así cómo:
“ Manolete, Manolete,
si no sabes torear pa qué te metes ...”
¡Qué mentira descubrí!
Por ello en parte te pido perdón, pues mi memoria sobre ti
no son de recuerdos originales obtenidos de vis a vis.
Es una memoria adquirida,
construida con los recuerdos de otros,
con las vivencias de otros,
con sus sensaciones y prejuicios.
Toda ella fue prestada,
modelada en mi interior
donde encontré tu espíritu y magia
dándome cuenta que tu vida
no la puede resumir una canción,
y menos aún, cuando la falacia
es su cruda intención.
Por ello me atrevo a recrear tu poderosa magia
y poner en mis recuerdos tu memoria
pintando tu retrato en vivo
sin confundir a la historia.
Cubro tu blanco lienzo
de tersos trazos severos,
y resalto tu gris figura
con rojo sangre y negro duelo.
Enmarco tu retrato con estoque simulado
en madera rosa palo y oro venerado.
Y fantaseo y me recreo viéndote,
sintiendo ese tu arte de alturas,
a ras del coso sobre el albero,
con ese semblante pálido y austero,
citando desde los medios de perfil,
al astado serio y severo.
Con esa, la más vertical de tus figuras, inmóvil,
clavado en la arena, mirando al tendido,
recibiendo impávido,
con ese aplomo cautivador de los sentidos.
Era una danza entre tú y el astado,
en duelo a vida o muerte,
bailabas pegado,
ceñido a la parca, retando al destino,
ligabas esos lances taurinos
templando el embiste con una magia y esa mano recia
aplacando la fiereza de ese gran bovino,
con ese “pasmo cordobés”
y ese tu arte, ... entre lo humano y divino.
Y en el último tercio, en esa suerte suprema,
rematabas la faena estoque en ristre al volapié,
con pausa marcada y estocada limpia y certera,
que mecía tu mano firme en convulsa inercia,
transgresora y serena.
Era tu sello torero
que hechizaba al crítico más duro,
al público improvisado o al aficionado puro.
No tenías favoritismo para batirte en duelo,
pero preferías al toro serio y bravo sin importarte el ruedo.
No querías mansos apocados,
ni sumisos, ni domesticados.
No te importaba que fuera un Duque de Veragua
de los de Lagartijo o Frascuelo, o un Galache,
o un Miura o un Pablo Romero;
pero las bestias, ¡sin cepillo!
aunque fuera cunero.
O en estos tiempos con el embestir sutil
de los de Núñez Cuvillo.
Aún queda el recuerdo en la memoria
de aquél “Ratón” de Pinto Barreiros.
Te atrevías con todo, en cualquier lugar y para todos.
Eras un portento.
Naciste ya con un destino ancestral,
y ya en la cuna, a tu primer temblor,
te cubrieron con capote torero
al uso de cobertor cunero.
Tu innata inteligencia pronto descubrió
que el peso de la cuna
era más por tu casta y ralea
que por el grosor de su madera.
La sangre que corría por tus venas
llenaba tu corazón
de rojo sangre y de toro pasión.
Tus genes y adn,
del valor, honor y pundonor
estaban marcados a fuego lento,
que día tras día revalidabas,
los tenías de serie, de nacimiento.
Tu rama paterna marcó tu destino
pero tu “angustiada” madre,
intentó cambiar ese camino.
En tus primeros años de la infancia
fuiste un niño estudioso y bueno,
pero un día ocurrió lo inevitable,
tu sangre pasión,
reclamó su sitio a la sazón.
Y apareció la magia del destino.
Escondido en el rincón de un cajón,
envuelto en papel de seda
encontraste un relicario
que te llamó la atención.
Te quedaste prendado
ante la imagen de Jesús Caído,
y al tomarlo entre tus manos
te impregnó el espíritu del toreo,
de Guerrita el Califa y de tu padre torero.
Y a modo de escapulario
para hacerte fuerte,
te lo colgaste al cuello
como amuleto de la suerte.
Pero no la suerte del novato,
sino la del gran torero
que había en ti.
La responsabilidad te vino a buscar,
todo se te hizo inmenso
como tu honestidad,
y ya nunca te dejaría escapar.
No te permitías defraudar en el ruedo,
ni ventajas en los duelos a muerte
sobre el toro rival,
y reservabas a la parca en suerte
en un lugar especial.
Ya no se detuvo
ni paró de crecer.
El compromiso aumentaba
y la presión te abrumaba.
Y cada tarde de toros
antes de abrazarte a la muerte,
te encomendabas en suerte
a tu Virgen de los Dolores y a su hijo Jesús Caído,
para que elevara al cielo tu alma
si en ese duelo te hubiesen vencido.
Ahora mismo no se llamarte,
tienes tantos nombres a los que atender
que todos te hacen justicia
y ninguno te hace desmerecer.
Desde Ilustre Matador cordobés,
pasando por el Cuarto Califa del toreo,
arropado por Lagartijo el Grande,
Guerrita y Machaquito,
para admiración del mundo entero
te elevaron con peana de porcelana
y te nombraron simplemente
El Monstruo, … de la Córdoba Sultana.
Cogiste el testigo de Juan Belmonte,
Él, sevillano y tú, cordobés,
tomasteis la montera con fuerza
y pusisteis la Fiesta del revés.
Ambos sentíais el toreo muy hondo,
muy dentro de vuestro ser.
Fuisteis de escuelas distintas
Pero nada por aprender.
Uno furtivo, en el campo de noche.
El otro, de pluma y papel,
de sangre y alcurnia,
no tenías otra opción,
que la de valer.
Los dos rompisteis los esquemas
de la tauromaquia reglada por escenas.
Ambos erais temerosos y temerarios
y a la vez respetuosos con el adversario.
Honestos en los lances
La añagaza utilizada no fue
ni el capote ni la muleta del revés.
Fue la quietud vertical
con ese pasmo transversal.
El Pasmo de Triana él.
Tú, el Pasmo Cordobés.
Tú remataste la faena,
que Belmonte inició .
Continuaste ese camino
por condición y convicción.
Para ti solo había una verdad torera
la exposición ante el toro
limpia y verdadera.
No entendías otro modo de batirte en duelo,
mano a mano, astillado el astado y muleta en mano.
No existía estocada perfecta
sino, valentía honesta
con el alma limpia y abierta,
de poder a poder
con la convicción extrema
de llegar mejor que él.
Así era tu Suerte Suprema
limpia, pasmosa y certera.
Tu nobleza ante el toro,
tu entrega en la arena,
tu prestancia torera.
Todo eso, te hizo merecer estar
en ese Olimpo de grandes diestros fastuosos.
Llevando tu honestidad, gallardía y maestría
por todo el mundo, y a todos los cosos.
Y no puedo terminar este cuadro
sin pintar a tu lado para formar terna,
por un lado, a la mujer que elegiste amar y te enamoró.
A Lupe Sino tu único amor.
Y por el otro, a quien nunca te dejó y siempre te fue fiel,
a tu inseparable y eterna “Montera”.
Que aquél día fatídico,
quedaron solas sobre la arena,
tendidas y olvidadas,
...muriéndose de pena.
¡Hasta siempre ManOLÉte!
Magia: Rosa y Oro
ManOLÉte, no tuve la suerte de conocerte,
te habías ido hacía ya doce años, cuando yo nací.
Pero no por ello puedo dejar de admirarte,
de encumbrarte,
de seguir aprendiendo de ti.
Se que mi memoria no son de recuerdos
de retina.
Es memoria de recuerdos colectivos
que aún hoy siguen vivos y muy activos
y que nunca sucumbirán en el olvido.
Mi interés hacia tu vida, se inició siendo muy niño
cuando escuché aquella canción que decía, algo así cómo:
“ Manolete, Manolete,
si no sabes torear pa qué te metes ...”
¡Qué mentira descubrí!
Por ello en parte te pido perdón, pues mi memoria sobre ti
no son de recuerdos originales obtenidos de vis a vis.
Es una memoria adquirida,
construida con los recuerdos de otros,
con las vivencias de otros,
con sus sensaciones y prejuicios.
Toda ella fue prestada,
modelada en mi interior
donde encontré tu espíritu y magia
dándome cuenta que tu vida
no la puede resumir una canción,
y menos aún, cuando la falacia
es su cruda intención.
Por ello me atrevo a recrear tu poderosa magia
y poner en mis recuerdos tu memoria
pintando tu retrato en vivo
sin confundir a la historia.
Cubro tu blanco lienzo
de tersos trazos severos,
y resalto tu gris figura
con rojo sangre y negro duelo.
Enmarco tu retrato con estoque simulado
en madera rosa palo y oro venerado.
Y fantaseo y me recreo viéndote,
sintiendo ese tu arte de alturas,
a ras del coso sobre el albero,
con ese semblante pálido y austero,
citando desde los medios de perfil,
al astado serio y severo.
Con esa, la más vertical de tus figuras, inmóvil,
clavado en la arena, mirando al tendido,
recibiendo impávido,
con ese aplomo cautivador de los sentidos.
Era una danza entre tú y el astado,
en duelo a vida o muerte,
bailabas pegado,
ceñido a la parca, retando al destino,
ligabas esos lances taurinos
templando el embiste con una magia y esa mano recia
aplacando la fiereza de ese gran bovino,
con ese “pasmo cordobés”
y ese tu arte, ... entre lo humano y divino.
Y en el último tercio, en esa suerte suprema,
rematabas la faena estoque en ristre al volapié,
con pausa marcada y estocada limpia y certera,
que mecía tu mano firme en convulsa inercia,
transgresora y serena.
Era tu sello torero
que hechizaba al crítico más duro,
al público improvisado o al aficionado puro.
No tenías favoritismo para batirte en duelo,
pero preferías al toro serio y bravo sin importarte el ruedo.
No querías mansos apocados,
ni sumisos, ni domesticados.
No te importaba que fuera un Duque de Veragua
de los de Lagartijo o Frascuelo, o un Galache,
o un Miura o un Pablo Romero;
pero las bestias, ¡sin cepillo!
aunque fuera cunero.
O en estos tiempos con el embestir sutil
de los de Núñez Cuvillo.
Aún queda el recuerdo en la memoria
de aquél “Ratón” de Pinto Barreiros.
Te atrevías con todo, en cualquier lugar y para todos.
Eras un portento.
Naciste ya con un destino ancestral,
y ya en la cuna, a tu primer temblor,
te cubrieron con capote torero
al uso de cobertor cunero.
Tu innata inteligencia pronto descubrió
que el peso de la cuna
era más por tu casta y ralea
que por el grosor de su madera.
La sangre que corría por tus venas
llenaba tu corazón
de rojo sangre y de toro pasión.
Tus genes y adn,
del valor, honor y pundonor
estaban marcados a fuego lento,
que día tras día revalidabas,
los tenías de serie, de nacimiento.
Tu rama paterna marcó tu destino
pero tu “angustiada” madre,
intentó cambiar ese camino.
En tus primeros años de la infancia
fuiste un niño estudioso y bueno,
pero un día ocurrió lo inevitable,
tu sangre pasión,
reclamó su sitio a la sazón.
Y apareció la magia del destino.
Escondido en el rincón de un cajón,
envuelto en papel de seda
encontraste un relicario
que te llamó la atención.
Te quedaste prendado
ante la imagen de Jesús Caído,
y al tomarlo entre tus manos
te impregnó el espíritu del toreo,
de Guerrita el Califa y de tu padre torero.
Y a modo de escapulario
para hacerte fuerte,
te lo colgaste al cuello
como amuleto de la suerte.
Pero no la suerte del novato,
sino la del gran torero
que había en ti.
La responsabilidad te vino a buscar,
todo se te hizo inmenso
como tu honestidad,
y ya nunca te dejaría escapar.
No te permitías defraudar en el ruedo,
ni ventajas en los duelos a muerte
sobre el toro rival,
y reservabas a la parca en suerte
en un lugar especial.
Ya no se detuvo
ni paró de crecer.
El compromiso aumentaba
y la presión te abrumaba.
Y cada tarde de toros
antes de abrazarte a la muerte,
te encomendabas en suerte
a tu Virgen de los Dolores y a su hijo Jesús Caído,
para que elevara al cielo tu alma
si en ese duelo te hubiesen vencido.
Ahora mismo no se llamarte,
tienes tantos nombres a los que atender
que todos te hacen justicia
y ninguno te hace desmerecer.
Desde Ilustre Matador cordobés,
pasando por el Cuarto Califa del toreo,
arropado por Lagartijo el Grande,
Guerrita y Machaquito,
para admiración del mundo entero
te elevaron con peana de porcelana
y te nombraron simplemente
El Monstruo, … de la Córdoba Sultana.
Cogiste el testigo de Juan Belmonte,
Él, sevillano y tú, cordobés,
tomasteis la montera con fuerza
y pusisteis la Fiesta del revés.
Ambos sentíais el toreo muy hondo,
muy dentro de vuestro ser.
Fuisteis de escuelas distintas
Pero nada por aprender.
Uno furtivo, en el campo de noche.
El otro, de pluma y papel,
de sangre y alcurnia,
no tenías otra opción,
que la de valer.
Los dos rompisteis los esquemas
de la tauromaquia reglada por escenas.
Ambos erais temerosos y temerarios
y a la vez respetuosos con el adversario.
Honestos en los lances
La añagaza utilizada no fue
ni el capote ni la muleta del revés.
Fue la quietud vertical
con ese pasmo transversal.
El Pasmo de Triana él.
Tú, el Pasmo Cordobés.
Tú remataste la faena,
que Belmonte inició .
Continuaste ese camino
por condición y convicción.
Para ti solo había una verdad torera
la exposición ante el toro
limpia y verdadera.
No entendías otro modo de batirte en duelo,
mano a mano, astillado el astado y muleta en mano.
No existía estocada perfecta
sino, valentía honesta
con el alma limpia y abierta,
de poder a poder
con la convicción extrema
de llegar mejor que él.
Así era tu Suerte Suprema
limpia, pasmosa y certera.
Tu nobleza ante el toro,
tu entrega en la arena,
tu prestancia torera.
Todo eso, te hizo merecer estar
en ese Olimpo de grandes diestros fastuosos.
Llevando tu honestidad, gallardía y maestría
por todo el mundo, y a todos los cosos.
Y no puedo terminar este cuadro
sin pintar a tu lado para formar terna,
por un lado, a la mujer que elegiste amar y te enamoró.
A Lupe Sino tu único amor.
Y por el otro, a quien nunca te dejó y siempre te fue fiel,
a tu inseparable y eterna “Montera”.
Que aquél día fatídico,
quedaron solas sobre la arena,
tendidas y olvidadas,
...muriéndose de pena.
¡Hasta siempre ManOLÉte!
José Ignacio Ayuso