QUINSONNAS
Poeta fiel al portal
Me ronda desde hace tiempo
una cuestión sin respuesta
queriendo saber el germen
que al amor hace que prenda.
Me interesan sus motivos,
lo que mueve a sus maneras,
la razón que nos empuja
a erigir lo que sustenta.
No hace mucho otros caminos
de igual forma ya me pesan
después de haberlos andando
sin hallar ni una certeza.
Por ello acudo a este reino,
ante Cupido en audiencia,
dispuesto a manifestarle
la duda que me desvela.
Me percato de que un niño
en el trono es quién impera
llevando un arco por cetro
y de corona una venda.
Asombrado ante su imagen
disimulo mi sorpresa
esbozando con mi cuerpo
una torpe reverencia.
A su lado me aproximo
allegándome más cerca
con mi súplica en los labios
dirigida hacia su alteza.
Lo percibo caprichoso
al concederme su venia
aguardando algo impaciente
a escuchar lo que me inquieta.
Aspiro profundamente
despejando mi cabeza
y hablándole de esta guisa
mi monólogo comienza:
Sire ante vos he acudido
a saber de tu leyenda,
a vos que sois el arquero
que dispara ciegas flechas.
¿Cuál llega a ser su propósito,
en qué exactitud son ciertas?,
¿Dónde nació ese principio
que a todos nos empareja?
¿En que códice está escrito
que a los corazones hieras?
¿Por qué tu pulso aleatorio
provoca marcar las fechas?
¿Por qué disparas cegado
si muchas veces no aciertas?
¡Respóndeme por favor,
aclara mi opaca niebla,
pues intento despejarla…
…y es cada vez más intensa!
Anhelo saber la causa
que a tus actos fundamentan
repartiendo unas pasiones
que no a todos recompensan.
Busco encontrarle a tu fábula
su trasfondo y moraleja,
sabiendo que, indispensable,
buena o mala dejas huella.
Indagué por otros lares
al tarro de tus esencias
pero todos me dijeron
que al amor no diera vueltas.
¡Pero yo sigo insistiendo…
…y tampoco atención prestas!
De una lista ya sin nombres
resultáis ser quien me queda
siendo el último, vos sire,
la esperanza que me resta.
Primero visité a Ovidio
de su “Arte de Amar” aeda
sin nada dilucidarme
el motivo de mi empresa.
Segunda fue Celestina,
la conocida alcahueta,
y en sus brebajes, tampoco,
supo aclarar mi tormenta.
En tercer lugar, Cyrano,
el mosquetero poeta,
un narigudo rapsoda
que sólo versos contesta.
Montescos y Capuletos
ni escucharon mis dilemas
envueltos en ese drama
de un Romeo y una Julieta.
Por último a Don Quijote
pregunté por Dulcinea
acabando, en este caso,
con locuras quijotescas.
Por eso, sire, aquí hablando
me tenéis delante vuestra
a ver si una vez por todas
me legáis vuestra sapiencia.
Atento a todo lo expuesto
Cupido por fin se expresa
encogiéndose los hombros
mientras dicta una sentencia:
Mis súbditos sólo pueden
del amor gozar su estela
generosa con aquellos
que recíproca la sientan.
Disfrutarlo intensamente
sin jamás su matriz verla
al hablarse con miradas
que les dicen lo que piensan.
Se comprende de conquistas,
de encuentros entre tinieblas,
de palabras recitadas
en balcones y arboledas.
De romances, muchas veces,
acabados en tragedias
por latidos que se han roto
tras locuras gigantescas.
En lo tocante a las pócimas
son inocuas y placebas
aderezadas con gotas
del elixir de mis flechas.
El defecto algunas tienen
de ser sólo pasajeras
pues el amor, poderoso,
es a mí a quién lo gobierna.
Todas estas maravillas
nos regala sin reservas,
sin límite en lo tocante
al placer de tales gestas.
Sin embargo has preguntado
la causa que lo abandera
y por qué, irracionalmente,
se aventura en sus empresas.
Pues esto es lo que te digo
mortal, para que lo sepas,
el amor no se razona,
no medita, no se piensa,
simplemente se disfruta
respirando su floresta.
Después Cupido se calla
tras su acertada ponencia
dejando que yo asimile
el sentido de su arenga.
Es ahí donde comprendo
que se me cierran las brechas
al fin quedando zanjadas
mis cuitas tras una puerta.
Comprendo que no comprendo
que al amor no hay quién comprenda
sin tener nadie un manojo
que a su llave la contenga.
Después adiós a Cupido
le digo con voz contenta
marchándome, satisfecho,
con mi duda ya resuelta.
Última edición: