Incluso el reloj del cuarto
sospecha que te he perdido
y vive en una hora muerta.
Da siempre las doce y cuarto,
cuando yo habría venido,
a la vez que tú estarías
-fingïendo que dormías-
esperándome despierta.
Sí, al fin dejé aquel trabajo...
A los dos meses de irte
me echaron por rendir poco.
Pensar en volver del tajo
y no estar tú para oírte
exigir "cariño mío,
ven, date prisa, hace frío",
me acabó por volver loco.
Tan sólo queda el escombro
cuando el mundo se derrumba
porque faltan los cimientos.
Qué haré ahora que te nombro
despertando en una tumba,
recordando aquellos días
que, en susurros, me decías
"te quiero igual que en los cuentos".
Llenaré tu altar de velas
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis derrotas
para soñar aún con darte
besos con dolor de muelas
y caricias manirrotas.
Te escribiré letanías
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis fracasos
para soñar aún con darte
un alma sin batería
y este amor con marcapasos.
Hasta me bajé y escucho
aquel álbum imposible
de antigua música china,
que a ti te gustaba mucho
y para mí era terrible,
pero siempre te empeñabas
en decir que te molaba
mucho más que mi Sabina.
De todo lo que me queda
sólo tu ausencia me sobra,
con deudas pago "-¿qué debo?"-.
Cuando ya ni perder pueda,
el casero que me cobra,
si sigue aún siendo mío,
se quedará este vacío
del alma donde te llevo.
¿Qué haré si ya me olvidaste?
Bien sabíamos que no éramos
ni Romeo ni Julieta;
ni precisábamos másters,
ni mucho menos que fuéramos
un cuento de poesía,
el amor que nos unía
humillaba a los poetas.
Llenaré tu altar de velas
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis derrotas
para soñar aún con darte
besos con dolor de muelas
y caricias manirrotas.
Te escribiré letanías
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis fracasos.
Me conformaré con darte
risa con melancolía,
lágrimas de los payasos.
Te buscaré en cada día,
y cada noche al perder
te estaré esperando en vilo
y me bastará con ser
lo amargo de tu alegría,
lágrimas de cocodrilo.
Compondré esta letanía
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis penurias.
Ya no volverá a secarse,
al sol de tu Andalucía,
el "orbayo*" de mi Asturias.
* El orvallo (orballo en lengua gallega y orbayu en lengua asturiana; en ocasiones se castellaniza como orvallo) es conocido en el norte de España —principalmente en Asturias — como la lluvia liviana, casi imperceptible, pero que empapa. En todas las comunidades de la mitad occidental de la Cornisa Cantábrica se emplea el término orbayar para describir la acción de caer orbayu.
sospecha que te he perdido
y vive en una hora muerta.
Da siempre las doce y cuarto,
cuando yo habría venido,
a la vez que tú estarías
-fingïendo que dormías-
esperándome despierta.
Sí, al fin dejé aquel trabajo...
A los dos meses de irte
me echaron por rendir poco.
Pensar en volver del tajo
y no estar tú para oírte
exigir "cariño mío,
ven, date prisa, hace frío",
me acabó por volver loco.
Tan sólo queda el escombro
cuando el mundo se derrumba
porque faltan los cimientos.
Qué haré ahora que te nombro
despertando en una tumba,
recordando aquellos días
que, en susurros, me decías
"te quiero igual que en los cuentos".
Llenaré tu altar de velas
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis derrotas
para soñar aún con darte
besos con dolor de muelas
y caricias manirrotas.
Te escribiré letanías
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis fracasos
para soñar aún con darte
un alma sin batería
y este amor con marcapasos.
Hasta me bajé y escucho
aquel álbum imposible
de antigua música china,
que a ti te gustaba mucho
y para mí era terrible,
pero siempre te empeñabas
en decir que te molaba
mucho más que mi Sabina.
De todo lo que me queda
sólo tu ausencia me sobra,
con deudas pago "-¿qué debo?"-.
Cuando ya ni perder pueda,
el casero que me cobra,
si sigue aún siendo mío,
se quedará este vacío
del alma donde te llevo.
¿Qué haré si ya me olvidaste?
Bien sabíamos que no éramos
ni Romeo ni Julieta;
ni precisábamos másters,
ni mucho menos que fuéramos
un cuento de poesía,
el amor que nos unía
humillaba a los poetas.
Llenaré tu altar de velas
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis derrotas
para soñar aún con darte
besos con dolor de muelas
y caricias manirrotas.
Te escribiré letanías
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis fracasos.
Me conformaré con darte
risa con melancolía,
lágrimas de los payasos.
Te buscaré en cada día,
y cada noche al perder
te estaré esperando en vilo
y me bastará con ser
lo amargo de tu alegría,
lágrimas de cocodrilo.
Compondré esta letanía
y cada noche, al rezarte,
te ofrendaré mis penurias.
Ya no volverá a secarse,
al sol de tu Andalucía,
el "orbayo*" de mi Asturias.
* El orvallo (orballo en lengua gallega y orbayu en lengua asturiana; en ocasiones se castellaniza como orvallo) es conocido en el norte de España —principalmente en Asturias — como la lluvia liviana, casi imperceptible, pero que empapa. En todas las comunidades de la mitad occidental de la Cornisa Cantábrica se emplea el término orbayar para describir la acción de caer orbayu.