Marcelo Pavón Suárez
Vasto
Esta mujer de la que les hablo
siempre tuvo el escote en la boca
porque,
sinceramente,
yo no pude ni podré
dejar de mirarle la sonrisa,
esos dientes de los que tantos hombres
se han caído cuando ella estuvo triste.
Esta mujer de la que les hablo
se olvida los demonios
en mi cama,
le han ido muchos finales de cuento
para convertirse en la dama del castillo,
detrás de la lengua
siempre se guardó
las mejores palabras
para mí.
Esta mujer de la que les hablo
se ha curado el desamor
con la sal de sus lágrimas,
nunca necesitó a nadie
para abollar a un hombre
y tirarlo a la basura.
Yo descanso mejor desde que ella está.
Cuando le miro los ojos
puedo ver,
limpiamente,
el alma de dios.
siempre tuvo el escote en la boca
porque,
sinceramente,
yo no pude ni podré
dejar de mirarle la sonrisa,
esos dientes de los que tantos hombres
se han caído cuando ella estuvo triste.
Esta mujer de la que les hablo
se olvida los demonios
en mi cama,
le han ido muchos finales de cuento
para convertirse en la dama del castillo,
detrás de la lengua
siempre se guardó
las mejores palabras
para mí.
Esta mujer de la que les hablo
se ha curado el desamor
con la sal de sus lágrimas,
nunca necesitó a nadie
para abollar a un hombre
y tirarlo a la basura.
Yo descanso mejor desde que ella está.
Cuando le miro los ojos
puedo ver,
limpiamente,
el alma de dios.