CARNAVAL NOCTURNO
Caen como un prodigio de luz, innumerables,
nocturnos acróbatas del plenilunio,
caen sobre las jorobas epidérmicas de los corales sin sangre,
se deslizan por la plata lunar evanescente y saturnal
con la ansiedad de quien puede perder el último tranvía.
Tratan de llegar al acto final del drama del que huyen
para abrazar desde una ventana abierta al agónico protagonista
y recrearse con él en la luz esquizoide una lámpara de keroseno.
Son vómito de espectros, indigentes del principio luminoso del big-bang,
polvo estelar guardado cuidadosamente y ahora liberado.
Las constelaciones más lejanas frotan sus élitros de estrellas
y alejan con su ruido la presencia de los leones hambrientos,
un ermitaño en éxtasis ora pro nobis y defeca sus raíces.
Paisaje que pretende la apoteosis de ser desierto sobre el mar,
conjunción sacra de los pequeños cuchillos de nácar
y las alas en sincronía de las bandadas de cormoranes moñudos.
Ese mundo liminar que acoge a los que van a ser ofrenda y rito,
potencia y acto, sueño y razón en los vahídos de las enamoradas.
Llueven las fragantes notas de los pianos mecánicos
y cubren con ellas los pinos mediterráneos aromosos, verdinegros,
que las pasean arrogantes sobre los procelosos acantilados,
muchos mueren de placer, otros alcanzan al barco de ninguna parte.
Es la terrible ingeniería de los juguetes deshechos,
las voces que reclaman silencio para que puedan dormir en paz.
No hace mucho las sirenas entonaban aleluyas y motetes con ritornello,
presenciaban enmascaradas las encubiertas tragedias venecianas
y los rayos lunares se afinaban para el descenso de ellos,
quienes como un prodigio de luz, interminables,
nocturnos acróbatas del plenilunio...
Caen como un prodigio de luz, innumerables,
nocturnos acróbatas del plenilunio,
caen sobre las jorobas epidérmicas de los corales sin sangre,
se deslizan por la plata lunar evanescente y saturnal
con la ansiedad de quien puede perder el último tranvía.
Tratan de llegar al acto final del drama del que huyen
para abrazar desde una ventana abierta al agónico protagonista
y recrearse con él en la luz esquizoide una lámpara de keroseno.
Son vómito de espectros, indigentes del principio luminoso del big-bang,
polvo estelar guardado cuidadosamente y ahora liberado.
Las constelaciones más lejanas frotan sus élitros de estrellas
y alejan con su ruido la presencia de los leones hambrientos,
un ermitaño en éxtasis ora pro nobis y defeca sus raíces.
Paisaje que pretende la apoteosis de ser desierto sobre el mar,
conjunción sacra de los pequeños cuchillos de nácar
y las alas en sincronía de las bandadas de cormoranes moñudos.
Ese mundo liminar que acoge a los que van a ser ofrenda y rito,
potencia y acto, sueño y razón en los vahídos de las enamoradas.
Llueven las fragantes notas de los pianos mecánicos
y cubren con ellas los pinos mediterráneos aromosos, verdinegros,
que las pasean arrogantes sobre los procelosos acantilados,
muchos mueren de placer, otros alcanzan al barco de ninguna parte.
Es la terrible ingeniería de los juguetes deshechos,
las voces que reclaman silencio para que puedan dormir en paz.
No hace mucho las sirenas entonaban aleluyas y motetes con ritornello,
presenciaban enmascaradas las encubiertas tragedias venecianas
y los rayos lunares se afinaban para el descenso de ellos,
quienes como un prodigio de luz, interminables,
nocturnos acróbatas del plenilunio...