Julius 1200
Poeta fiel al portal
En el revés de la moneda nadie ve.
En no la ve a ella, ella no lo ve a él.
En el estilo marioneta bailan con
la absoluta parálisis de la rigidez
sin mirar hacia adelante o hacia atrás.
Enredados en esas jaulas imaginarias
angostas y bastante extensas pero sin
sin dirección, parecen muñecos de
hojalata, inexpresivos, carentes de la
piedad o la compasión.
Si unos y otros les pasan por encima,
nadie se da por enterado.
En sus fiestas la animación
consiste en atiborrar su estómagos
hasta que al ponerlos como globos duros
estallan desparramando las tripas.
No resisten criterios opuestos.
Les molesta saber la historia
del fuego o del frío o conocer
algo sobre la teoría de los colores.
Aún en soledad les fastidia pensar.
Cada cual transita por la vida en
esas jaulas donde calientan sus
manos con frenéticas y agobiadoras
fricciones, pues la fogatas que arden
afuera las prefieren inadvertidas.
Desprecian los tachos oxidados
llameantes. Allí, otros seres calientan
sus cuerpos, sus miembros y su sangre.
En conclusión saben que la daga hiende,
pero ellos están seguros de que nunca
serán víctimas de sus heridas.
En no la ve a ella, ella no lo ve a él.
En el estilo marioneta bailan con
la absoluta parálisis de la rigidez
sin mirar hacia adelante o hacia atrás.
Enredados en esas jaulas imaginarias
angostas y bastante extensas pero sin
sin dirección, parecen muñecos de
hojalata, inexpresivos, carentes de la
piedad o la compasión.
Si unos y otros les pasan por encima,
nadie se da por enterado.
En sus fiestas la animación
consiste en atiborrar su estómagos
hasta que al ponerlos como globos duros
estallan desparramando las tripas.
No resisten criterios opuestos.
Les molesta saber la historia
del fuego o del frío o conocer
algo sobre la teoría de los colores.
Aún en soledad les fastidia pensar.
Cada cual transita por la vida en
esas jaulas donde calientan sus
manos con frenéticas y agobiadoras
fricciones, pues la fogatas que arden
afuera las prefieren inadvertidas.
Desprecian los tachos oxidados
llameantes. Allí, otros seres calientan
sus cuerpos, sus miembros y su sangre.
En conclusión saben que la daga hiende,
pero ellos están seguros de que nunca
serán víctimas de sus heridas.
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