Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
I
Asoma el sol por la sierra de Levante,
desde el mar que se divisa en la distancia,
y este cuerpo mío se incorpora
sin llegar a acomodar todos los huesos
en sus respectivos huecos.
Ya se irán calentando con un café primero,
después con un almuerzo
capaz de integrarlo todo:
las tareas, los órganos, los deseos.
Solo las vistas ya ayudan
en el empeño.
Café cumplido y ahora, posiblemente,
me regale un paseo.
II
Para la comida,
nada especial.
La nevera de gas propone,
y las ganas y un hambre de seguir
y una sed
que con solo beber se sacia.
Uno se dispone
a seguir al pie del terreno
y de lo que apetezca;
a ras de suelo
y con la mente en las nubes.
Suena la radio,
me muevo.
III
Se consume la tarde,
llega a su hora la noche
y llega hasta el tuétano
este cansancio mío.
Pero me queda la satisfacción
de haber aprovechado las horas
entre piedras, tierra y músculos
capaces de abrir caminos
donde el bosque los cierra.
Me tomo una cerveza
y escribo lo que se cuece
debajo de estas canas
acolchadas de polvo y restos de brezo.
Hora de aclararlas
y de refrescar los sudores
con una ducha fresca.
Después cena
y a relajarse en una cama
con vistas a la luna.
Esa es mi tierra;
la que me ha ido construyendo en las alturas,
entre barrancos y desniveles,
con mis manos y otras manos.
Y en ella soy… y somos...
mientras se pueda.
Asoma el sol por la sierra de Levante,
desde el mar que se divisa en la distancia,
y este cuerpo mío se incorpora
sin llegar a acomodar todos los huesos
en sus respectivos huecos.
Ya se irán calentando con un café primero,
después con un almuerzo
capaz de integrarlo todo:
las tareas, los órganos, los deseos.
Solo las vistas ya ayudan
en el empeño.
Café cumplido y ahora, posiblemente,
me regale un paseo.
II
Para la comida,
nada especial.
La nevera de gas propone,
y las ganas y un hambre de seguir
y una sed
que con solo beber se sacia.
Uno se dispone
a seguir al pie del terreno
y de lo que apetezca;
a ras de suelo
y con la mente en las nubes.
Suena la radio,
me muevo.
III
Se consume la tarde,
llega a su hora la noche
y llega hasta el tuétano
este cansancio mío.
Pero me queda la satisfacción
de haber aprovechado las horas
entre piedras, tierra y músculos
capaces de abrir caminos
donde el bosque los cierra.
Me tomo una cerveza
y escribo lo que se cuece
debajo de estas canas
acolchadas de polvo y restos de brezo.
Hora de aclararlas
y de refrescar los sudores
con una ducha fresca.
Después cena
y a relajarse en una cama
con vistas a la luna.
Esa es mi tierra;
la que me ha ido construyendo en las alturas,
entre barrancos y desniveles,
con mis manos y otras manos.
Y en ella soy… y somos...
mientras se pueda.