José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
ME FALTA TU AIRE.
Sigo anclado y sin tiempo.
Escondido en el fondo amargo
de mi penitente abismo olvidado.
Oculto a la negra luz de aquel viejo
y desgastado día.
Y me persiguen mis propios anhelos
de una pasión que en su tiempo
fue ufana y desmedida.
Preso de amor,
amarrado a tu ser que me embelesa,
y eclosiona el resurgir de aquellos tiempos amorfos,
génesis de tu implacable juicio
y mi más que cumplida condena.
Me falta tu aire, tu respirar, tu exhalación vibrante
anudada a mi cuerpo limpio, sin embalaje, y dócil a tu
modelar sublime y excitante, que me embargó de éxtasis,
y me elevó a los altares de la hermosa Afrodita.
Lo sé, se que hubo una máscara...
pero anodina. ¡Sí... Se que suficiente!
No pretendo volver a lo ya juzgado.
No puedo renunciar a ti,
ni conciliar mi soledad con tus recuerdos,
no puedo sufrir más tu lejanía,
como no puedo mirar al sol,
ni odiar a la luna y a ti.
Tu indiferencia me tapa el horizonte
y me aleja a golpes de tu recuerdo,
mis sueños te temen y de ti se esconden,
los tengo que parir de nuevo.
Me niego a renunciar a ellos,
me niego a volver a desnudarte solo el alma...
y a no cubrir tu corazón con mis besos.
Me mata, el no volver a sintonizar tus pecíolos
con la yema de mis trémulos dedos.
Y a no tomar desde tu bello cuello el aroma de tu piel,
y recorrerlo palmo a palmo... con mis besos y...
morderte lentamente... el lobular de tu sonrojada oreja,
y acariciarte el oído con susurros de amor,
susurros rijosos, de arrebato contenido.
No puedo soportar no volver a sentir…
tu piel contra mi piel,
a no libar la esencia de tus cuartos de luna.
A perderme en el recorrido sinuoso de tu dúctil cuerpo extasiado y...
excitar y encontrar el tesoro escondido
en el arco de tu universo... a estrellas fugaces protegido.
Rescatarlo, y besarlo...
besarlo hasta desfallecer... hasta el último suspiro.
Sigo anclado y sin tiempo.
Escondido en el fondo amargo
de mi penitente abismo olvidado.
Oculto a la negra luz de aquel viejo
y desgastado día.
Y me persiguen mis propios anhelos
de una pasión que en su tiempo
fue ufana y desmedida.
Preso de amor,
amarrado a tu ser que me embelesa,
y eclosiona el resurgir de aquellos tiempos amorfos,
génesis de tu implacable juicio
y mi más que cumplida condena.
Me falta tu aire, tu respirar, tu exhalación vibrante
anudada a mi cuerpo limpio, sin embalaje, y dócil a tu
modelar sublime y excitante, que me embargó de éxtasis,
y me elevó a los altares de la hermosa Afrodita.
Lo sé, se que hubo una máscara...
pero anodina. ¡Sí... Se que suficiente!
No pretendo volver a lo ya juzgado.
No puedo renunciar a ti,
ni conciliar mi soledad con tus recuerdos,
no puedo sufrir más tu lejanía,
como no puedo mirar al sol,
ni odiar a la luna y a ti.
Tu indiferencia me tapa el horizonte
y me aleja a golpes de tu recuerdo,
mis sueños te temen y de ti se esconden,
los tengo que parir de nuevo.
Me niego a renunciar a ellos,
me niego a volver a desnudarte solo el alma...
y a no cubrir tu corazón con mis besos.
Me mata, el no volver a sintonizar tus pecíolos
con la yema de mis trémulos dedos.
Y a no tomar desde tu bello cuello el aroma de tu piel,
y recorrerlo palmo a palmo... con mis besos y...
morderte lentamente... el lobular de tu sonrojada oreja,
y acariciarte el oído con susurros de amor,
susurros rijosos, de arrebato contenido.
No puedo soportar no volver a sentir…
tu piel contra mi piel,
a no libar la esencia de tus cuartos de luna.
A perderme en el recorrido sinuoso de tu dúctil cuerpo extasiado y...
excitar y encontrar el tesoro escondido
en el arco de tu universo... a estrellas fugaces protegido.
Rescatarlo, y besarlo...
besarlo hasta desfallecer... hasta el último suspiro.
José Ignacio Ayuso Diez