Teo Moran
Poeta fiel al portal
Descosí el sístole de los pliegues del corazón,
fui desatando la aspereza del latido untuoso
y poco a poco dejé llegar a la lluvia en camisón
con la delicadeza de una melodía inacabada.
Solté sin prisa la puntada fina y empecinada
con la paciencia de un jardinero en el desierto
y vertí sobre aquel páramo mis lagrimas
mas me emocioné al verme libre bajo el cielo,
ser parte de aquel mundo inexistente para el resto,
ser solo una sombra ufana en las cavidades,
en las cavernas prístinas de los recuerdos.
Sentí a las gotas frías cubrir la herida de mis labios,
sonreí ante el alboroto de las aves camicaces
que golpean con sus plumas a mi quebrado pecho.
Pían con sus trinos aún en la oscuridad de la noche,
confunden a las luces de las farolas con la luz del alba
pero yo siento gran dolor por su copla destilada y fría
aunque bien sé por quién cantan sus picos pequeños,
entiendo que también son parte del traje que visto
y sus silencios son un pañuelo colgado a mi cuello.
¡Y yo sonámbulo en las horas previas del día
dibujo en el suelo mojado mis cansadas huellas!
Llevo como abrigo un paraguas roto e inútil,
a mi cuerpo abúlico por los desvaríos del viento
y a mi amor silente bajo las nubes de un frío abril
donde no hay lugar, no hay espacio en mis ojos,
solo un mundo que se reclina en la acera enfermo.
A medio cerrar está el alba con su trompetera alarma,
el sauce se muestra dormido con su melena rizada
allí donde los rayos no se difuminan a través del prisma,
solo hay una monótona conversación cristalina
donde el gris toma posesión de las vidas,
se adueña del amanecer con su suave melodía,
¡Y yo, parte del todo y de la nada que me embarga,
del traje de los domingos que viste mi alma enamorada!
Doy las gracias al cielo, a la lluvia fría y a la aurora,
sé que en lo más profundo de las oquedades de mi ser
ella sigue tejiendo a lo lejos a los mimbres del sol
y con su amor a este amanecer a medio despuntar
ya que sé que con ella late con vida mi febril corazón.
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