Si tú quieres

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
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SI TÚ QUIERES

Un dragón ha sobrevolado el dormitorio cuando la calle apretaba mis huellas,

figuras de cemento sin sombra ni relieve ni hendidura.

No he quedado impregnado en ningún recuerdo, vivo solo el presente que no deja constancia.

Como un símil olvidado, que se desvanece o arma escándalo,

un viaje al ojo de la tormenta, o al párpado de un tsunami.

Y entre olvido y futuros encalló mi chalupa, mientras un abrazo refrescaba el desierto a un desierto de mí.

Me acerqué a un esqueleto de otro esqueleto para explorar tu alma, como un hombre de arena gigantesco al que le brilla un reflejo.

A lo lejos, bien lejos, pude ver cómo los saltamontes invadían

tesoros, cofres de insecticidas contra las feromonas.

Y no pude predecir, joder, si entraste por mis ojos, o fui carne en tiras para tu sonrisa.

Vi cómo te estirabas sin ganar estatura, ni espesura, ni esperanza, cuando yo me encogí, y guardé mis instintos en una chistera.

Saqué de ella toda la magia que pude, hasta que me adivinaste el truco.

Desde entonces un tuerto me reconoce, y un muerto, y un náufrago, incluso un antropófago.

Pero ahora me he reinventado.

Ya devoro el cadáver de mis hijos cada vez que te amo.
 
Última edición:
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SI TÚ QUIERES

Un dragón ha sobrevolado el dormitorio cuando la calle apretaba mis huellas,

figuras de cemento sin sombra ni relieve ni hendidura.

No he quedado impregnado en ningún recuerdo, vivo solo el presente que no deja constancia.

Como un símil olvidado, que se desvanece o arma escándalo,

un viaje al ojo de la tormenta, o al párpado de un tsunami.

Y entre olvido y futuros encalló mi chalupa, mientras un abrazo refrescaba el desierto a un desierto de mí.

Me acerqué a un esqueleto de otro esqueleto para explorar tu alma, como un hombre de arena gigantesco al que le brilla un reflejo.

A lo lejos, bien lejos, pude ver cómo los saltamontes invadían

tesoros, cofres de insecticidas contra las feromonas.

Y no pude predecir, joder, si entraste por mis ojos, o fui carne en tiras para tu sonrisa.

Vi cómo te estirabas sin ganar estatura, ni espesura, ni esperanza, cuando yo me encogí, y guardé mis instintos en una chistera.

Saqué de ella toda la magia que pude, hasta que me adivinaste el truco.

Desde entonces un tuerto me reconoce, y un muerto, y un náufrago, incluso un antropófago.

Pero ahora me he reinventado.

Ya devoro el cadáver de mis hijos cada vez que te amo.
Impactantes imágenes para un poema que no me deja indiferente, el amor en tus versos es una continua explosión de emociones. Un abrazo amigo Ricardo. Paco.
 

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