BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Oh, hijo mío, allá dónde mires
no verás sólo campos llenos de luz
y de pequeñas flores acampanadas,
repletos de voces participantes, ni
de objetos extraños, identificados
en la perentoria mesa forense,
de algún albañil derrotado y cansado
por la faena; allí, hijo mío,
entrarás en el reino de fábula,
en agotamientos imprevistos,
en sudores amargos, en increíbles
dichas sostenidas por el laúd de los pájaros
amables; y a tu odio
encontrarás un alivio perpetuo.
Oh, tierno hijo mío, la procelosa
maquinaria de tus ojos felices,
hallará un frío placer de dientes,
de dientes siempre entre el agua
rodeándose, hasta morir ahíto,
de tanta hembra solidaria.
Y no acabarás tus días tan triste
y solitario, como ahora comprendes:
es tu sino, formar escuadra y forjar
en el lívido acento de tu rostro
una cinta amarilla y mecánica.
No habrá tanta amargura ya en tu voz
si te entregas a la maravilla de estos campos
en flor: en los odres y en las viejas azucenas
metieron lo que de crueldad les quedaba.©
no verás sólo campos llenos de luz
y de pequeñas flores acampanadas,
repletos de voces participantes, ni
de objetos extraños, identificados
en la perentoria mesa forense,
de algún albañil derrotado y cansado
por la faena; allí, hijo mío,
entrarás en el reino de fábula,
en agotamientos imprevistos,
en sudores amargos, en increíbles
dichas sostenidas por el laúd de los pájaros
amables; y a tu odio
encontrarás un alivio perpetuo.
Oh, tierno hijo mío, la procelosa
maquinaria de tus ojos felices,
hallará un frío placer de dientes,
de dientes siempre entre el agua
rodeándose, hasta morir ahíto,
de tanta hembra solidaria.
Y no acabarás tus días tan triste
y solitario, como ahora comprendes:
es tu sino, formar escuadra y forjar
en el lívido acento de tu rostro
una cinta amarilla y mecánica.
No habrá tanta amargura ya en tu voz
si te entregas a la maravilla de estos campos
en flor: en los odres y en las viejas azucenas
metieron lo que de crueldad les quedaba.©