César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
La vi entre las milpas tapiadas convertidas en ciudad;
desandaba la arboleda avenida conteniéndola en su universo,
un jardín de invierno.
Llevaba rebozo.
Era tan joven
yo tan...
(menos mal que estaba lejos).
Tenía la inteligencia de Juana Inés prendida al sentipensamiento,
la agudeza de sus dedos.
Sus ojos.
Firmes y calmos, como los de Octavio en los daguerrotipos.
Por obra del no-mito era hija de Cuauhtémoc en el amor vientre de Artemisa;
sabía disparar flechas de pulido ónix,
y enviar en ellas rubíes hasta el sol.
Transitaba la mañana,
respiraba México verde y claxón.
Yo me paseaba invisible por el espacio permitido.
Cisne viejo, negro, fundido al viento,
comiendo estrellas con miel.
Ella tenía casi inscrita
la genialidad de María Félix en la frente
y portaba cabellera
(dos mechones lacios se le escaparon del rebozo).
Cargaba en el pecho la sed de Frida, sin parecerse a ella.
Crinejas.
Nunca la había visto en el espejo tiempo
con su cesta de mundo
(ella tenía la extraña costumbre de hablar con colibríes...)
Por caprichosa obra genética
poseía el mentón orgulloso de Negrete, pero no usaba sombrero.
Se veía que le gustaba volar.
Así que me distraje un poco
para pintarla en la cara oculta de la hierba.
Era amazona de pulque y agave que me obligaba a pensar en los caracoles de La Lacandona.
un jardín de invierno.
Llevaba rebozo.
Era tan joven
yo tan...
(menos mal que estaba lejos).
Tenía la inteligencia de Juana Inés prendida al sentipensamiento,
la agudeza de sus dedos.
Sus ojos.
Firmes y calmos, como los de Octavio en los daguerrotipos.
Por obra del no-mito era hija de Cuauhtémoc en el amor vientre de Artemisa;
sabía disparar flechas de pulido ónix,
y enviar en ellas rubíes hasta el sol.
Transitaba la mañana,
respiraba México verde y claxón.
Yo me paseaba invisible por el espacio permitido.
Cisne viejo, negro, fundido al viento,
comiendo estrellas con miel.
Ella tenía casi inscrita
la genialidad de María Félix en la frente
y portaba cabellera
(dos mechones lacios se le escaparon del rebozo).
Cargaba en el pecho la sed de Frida, sin parecerse a ella.
Crinejas.
Nunca la había visto en el espejo tiempo
con su cesta de mundo
(ella tenía la extraña costumbre de hablar con colibríes...)
Por caprichosa obra genética
poseía el mentón orgulloso de Negrete, pero no usaba sombrero.
Se veía que le gustaba volar.
Así que me distraje un poco
para pintarla en la cara oculta de la hierba.
Era amazona de pulque y agave que me obligaba a pensar en los caracoles de La Lacandona.
...
Y Ahí está,
dibujada junto a los pájaros mañanadores,
playa azul de luna.
Ella escribía cartas en tono medianoche,
emisaria de la dignidad de Pedro Vargas.
Es curioso,
logró arreglárselas
para plenar de sí los poemas pintados que dejó Rivera,
quien, como yo,
nunca la había visto nunca.
...C'est la vie. Te surprend.
Junio y 55 vueltas al sol en 90 segundos. César el viejo, 2018.