Ilus.: Max Ernst: "The entire city"
DIORAMA DE UN DÍA CUALQUIERA
Las rientes espumas de las olas
como crines de caballos desbocados
asustan a los florecidos arriates de margaritas de El Cabo.
Amanece.
El mirlo cantor ha despertado al sol
y el hielo se contrae dentro de los espejos nevados
Los niños miran los negros caperuzos de los hombres de la mar
Torres sin campanas
Los vencejos anidan tranquilos en las hiendas de sus piedras
mientras la plaza monocroma y desolada
se dispone a permitir la floración de los nenúfares.
Las sombras juegan al corro alrededor de la fuente callada
El sol de mediodía surca con el sudor de las frentes
los vidrios de las ventanas cerradas.
Arranco mi ojo derecho y lo envuelvo delicadamente
con un trozo de mi alma de organdí.
Son las siete de la tarde
La hora del supremo sacrificio
Me revisto con los hábitos talares y oficio rutinariamente
De la cuenca vacía de mi ojo surge
Sonriente y confiada la gran serpiente Pitón
que ha de celebrar el conjuro sacrificial de la muerte por asfixia
de Laocoonte y sus hijos
condenados por el Ágora
en juicio sumarísimo
por sus coqueteos con los dioses.
Después de tan pavoroso acto podrá la gran serpiente
transmutarse en el delicuescente cuello del cisne de Leda
mientras Ganímedes surca los cielos buscando su redención
en los mares atormentados.
El Tiempo ha devorado en frugal merienda
estas siete de la tarde.
Alguien habría de dar fe de este día que se acaba.
como crines de caballos desbocados
asustan a los florecidos arriates de margaritas de El Cabo.
Amanece.
El mirlo cantor ha despertado al sol
y el hielo se contrae dentro de los espejos nevados
Los niños miran los negros caperuzos de los hombres de la mar
Torres sin campanas
Los vencejos anidan tranquilos en las hiendas de sus piedras
mientras la plaza monocroma y desolada
se dispone a permitir la floración de los nenúfares.
Las sombras juegan al corro alrededor de la fuente callada
El sol de mediodía surca con el sudor de las frentes
los vidrios de las ventanas cerradas.
Arranco mi ojo derecho y lo envuelvo delicadamente
con un trozo de mi alma de organdí.
Son las siete de la tarde
La hora del supremo sacrificio
Me revisto con los hábitos talares y oficio rutinariamente
De la cuenca vacía de mi ojo surge
Sonriente y confiada la gran serpiente Pitón
que ha de celebrar el conjuro sacrificial de la muerte por asfixia
de Laocoonte y sus hijos
condenados por el Ágora
en juicio sumarísimo
por sus coqueteos con los dioses.
Después de tan pavoroso acto podrá la gran serpiente
transmutarse en el delicuescente cuello del cisne de Leda
mientras Ganímedes surca los cielos buscando su redención
en los mares atormentados.
El Tiempo ha devorado en frugal merienda
estas siete de la tarde.
Alguien habría de dar fe de este día que se acaba.