BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Búho de mirada incierta
tatuaje en mitad de una barriga,
dioses domésticos del desabrigo
y el desconcierto, ataúdes que forman
en medio de la cocina un laurel de
promesas corregidas, el mantel de las
pétreas miradas, de los atardeceres
sin sentido, las aves acuáticas definitivamente
cocinadas, el breve elixir mágico
auscultado por genios de lo mediocre;
féretros, azucenas, gemidos discordantes
brusquedades, latigazos de persianas
que se cierran, apatía metida en frascos soporíferos,
donde la muerte abre ambos senderos
de risa metódica y meliflua, ortopedias
desencantadas, decepcionantes orillas de ríos
efervescentes, contrariedades herméticas
y cerradas como un sobre con sello;
ahora, la eterna lucha, el combate jadeante
en los límites del cuello apretado y asfixiado.
La tumba de la selva en mitad de un práctico
zoológico, los edificios del cáncer derramándose
como líquidos calientes sobre la plataforma del tedio.
Ahora, la lucha caliente, el interminable enfisema
de los pulmones inventariados, rebeldía de plástico,
corchos en los nudillos y un tren de monotonía implacable
agitando vacío sus vagones de hierro.
Las vísceras del espíritu, todo aquello que gotea
como forma imprecisa la base del corrector de níquel
la potabilidad de los días secundados, la materia
viscosa que apacigua llantos o médulas pinchadas,
el siempre llanto de una siempreviva.
Lo que aturde y convulsiona, lo que ofrece sus piélagos
de amargura, lo que inunda de tejas el piso de los murciélagos,
las grandes planchas de plomo, de bajos cenitales desvelados,
de grandes testículos en marcha, de grandes cernícalos inermes,
desprotegidas aureolas que manchan la nieve del centro.
Y yo viviendo, y la noche en su mezcla de carne,
en su saliva de hierro, en su gran alcohol perfumado,
en sus metódicas anarquías, en sus sistemas de acanto
y percepción alterada:
la noche, con su gran gemido adolescente,
me persigue.
©08/08/18
tatuaje en mitad de una barriga,
dioses domésticos del desabrigo
y el desconcierto, ataúdes que forman
en medio de la cocina un laurel de
promesas corregidas, el mantel de las
pétreas miradas, de los atardeceres
sin sentido, las aves acuáticas definitivamente
cocinadas, el breve elixir mágico
auscultado por genios de lo mediocre;
féretros, azucenas, gemidos discordantes
brusquedades, latigazos de persianas
que se cierran, apatía metida en frascos soporíferos,
donde la muerte abre ambos senderos
de risa metódica y meliflua, ortopedias
desencantadas, decepcionantes orillas de ríos
efervescentes, contrariedades herméticas
y cerradas como un sobre con sello;
ahora, la eterna lucha, el combate jadeante
en los límites del cuello apretado y asfixiado.
La tumba de la selva en mitad de un práctico
zoológico, los edificios del cáncer derramándose
como líquidos calientes sobre la plataforma del tedio.
Ahora, la lucha caliente, el interminable enfisema
de los pulmones inventariados, rebeldía de plástico,
corchos en los nudillos y un tren de monotonía implacable
agitando vacío sus vagones de hierro.
Las vísceras del espíritu, todo aquello que gotea
como forma imprecisa la base del corrector de níquel
la potabilidad de los días secundados, la materia
viscosa que apacigua llantos o médulas pinchadas,
el siempre llanto de una siempreviva.
Lo que aturde y convulsiona, lo que ofrece sus piélagos
de amargura, lo que inunda de tejas el piso de los murciélagos,
las grandes planchas de plomo, de bajos cenitales desvelados,
de grandes testículos en marcha, de grandes cernícalos inermes,
desprotegidas aureolas que manchan la nieve del centro.
Y yo viviendo, y la noche en su mezcla de carne,
en su saliva de hierro, en su gran alcohol perfumado,
en sus metódicas anarquías, en sus sistemas de acanto
y percepción alterada:
la noche, con su gran gemido adolescente,
me persigue.
©08/08/18