BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay esencias y perfumes
de naranja y esqueletos de almendras
tirados por los suelos, como vainas
de elementales árboles frutales.
Hay un cuerpo que se doblega
y una fragancia que exige su nomenclatura,
y un estallido demencial de nominales
ausencias espirituales. Hay
un bosque y un monte interminable,
depredadores insignes y lagartos,
dedos con las yemas desvanecidas
y carpetas repletas de signos oscuros.
Hay vehículos de luna y carretones abandonados,
y una fragua de materiales que ahora
todos vituperan y desprecian. Hay
un cúmulo de nubes oscilantes, de
trémulos elementos decorativos, féretros
y alguna orquesta que preside un viejo
alcalde pueblerino. Hay cobras
deleznables y tarros de sangre y melazas
de fruta y lunas inviolables, y cascotes
de tierra apelmazada en lugares recónditos
e infranqueables. Hay cráneos desvencijados
que se columpian como pueden
al sol de noviembre, y una fecha inscrita
sobre el cadáver de un puerco, y una nota
indescifrable que augura sanciones.
Hay un sueño de espuma, y un colchón obsoleto,
y nubes y estaciones de metro desordenadas.
Hay un armatoste de cerebros y astros colmados
de salitre, y un armazón de cerraduras colgadas
de los muñones. Hay
un cierto aroma a podredumbre, a cáscaras
insaciables, a fórmulas enterradas
de golpes secretos y testículos oblongos.
Hay un lirio inmenso atacando las fronteras
y acacias sobre cítricos palomares, excrementos
y fosas de acémilas estancas y habitaciones;
un número insondable de puertas y ceniceros,
de iris y de hojas apuntaladas sobre nítricos paisajes.
©
de naranja y esqueletos de almendras
tirados por los suelos, como vainas
de elementales árboles frutales.
Hay un cuerpo que se doblega
y una fragancia que exige su nomenclatura,
y un estallido demencial de nominales
ausencias espirituales. Hay
un bosque y un monte interminable,
depredadores insignes y lagartos,
dedos con las yemas desvanecidas
y carpetas repletas de signos oscuros.
Hay vehículos de luna y carretones abandonados,
y una fragua de materiales que ahora
todos vituperan y desprecian. Hay
un cúmulo de nubes oscilantes, de
trémulos elementos decorativos, féretros
y alguna orquesta que preside un viejo
alcalde pueblerino. Hay cobras
deleznables y tarros de sangre y melazas
de fruta y lunas inviolables, y cascotes
de tierra apelmazada en lugares recónditos
e infranqueables. Hay cráneos desvencijados
que se columpian como pueden
al sol de noviembre, y una fecha inscrita
sobre el cadáver de un puerco, y una nota
indescifrable que augura sanciones.
Hay un sueño de espuma, y un colchón obsoleto,
y nubes y estaciones de metro desordenadas.
Hay un armatoste de cerebros y astros colmados
de salitre, y un armazón de cerraduras colgadas
de los muñones. Hay
un cierto aroma a podredumbre, a cáscaras
insaciables, a fórmulas enterradas
de golpes secretos y testículos oblongos.
Hay un lirio inmenso atacando las fronteras
y acacias sobre cítricos palomares, excrementos
y fosas de acémilas estancas y habitaciones;
un número insondable de puertas y ceniceros,
de iris y de hojas apuntaladas sobre nítricos paisajes.
©