AMANECER QUE NO CESA
“He aquí la vigilia que espera imperturbable
La hora exacta en que la vida se produzca”
Aldo Pellegrini
Cálido estertor
agonía de las luciérnagas que esperan
las últimas lluvias.
Rocas sesgadas por los cantos de las lejanas epifanías
árboles como eremitorios
en los que mirlos y lobos preparan sus asaltos a la gloria.
Concentración de las nubes en los viejos aeropuertos.
El hombre, si, ese sempiterno muñeco
vuela desmañado bajo los los penachos carmesíes
de sus morriones.
Amor busca hembra/hombre.
Información tras el caleidoscopio nocturno
o en las farmacias de guardia.
Chispas de pedernal líquido
enervados ciclámenes para ofrendas
todo un susurro de sustratos
que preparan el advenimiento del algoritmo
que redimirá a los plebeyos.
Muchachas de núbiles pechos
guardaos de los viejos coroneles.
Efebos liberados socráticamente
ofreced vuestros viriles encantos al mejor postor.
El Ágora os contempla
como a aeroplanos redentores
de las ataduras de la carne.
Entre las delicadas sombras de la tarde
que nacen de las cuidadas formaciones columnarias
aristocráticas manos enguantadas
acarician los palpitantes senos
de las cariátides sonrientes
ofreciéndoles aromáticos cigarrillos turcos.
La vida renace, una vez más, en Grecia.
Tras una larga vigilia
bajan rodando desde el deífico Olimpo
las primeras descargas de la poesía nueva
las atrevidas presentaciones de Euricles y Hermocreonte
que desvelan nuevos atardeceres
ya cantados por Laso de Hermíone o Melanípide
en las tabernas de Atenas.
Profundidad sonora entre las hojas de la hiedra
coronas de oloroso laurel para héroes que esperan
ser nacidos de poetas.
Futuro que amenazante amanece
tras la mansedumbre de las olas engañosas.
Es la nueva luz.
Ilust.: Symposium.-Stravaganza.
“He aquí la vigilia que espera imperturbable
La hora exacta en que la vida se produzca”
Aldo Pellegrini
Cálido estertor
agonía de las luciérnagas que esperan
las últimas lluvias.
Rocas sesgadas por los cantos de las lejanas epifanías
árboles como eremitorios
en los que mirlos y lobos preparan sus asaltos a la gloria.
Concentración de las nubes en los viejos aeropuertos.
El hombre, si, ese sempiterno muñeco
vuela desmañado bajo los los penachos carmesíes
de sus morriones.
Amor busca hembra/hombre.
Información tras el caleidoscopio nocturno
o en las farmacias de guardia.
Chispas de pedernal líquido
enervados ciclámenes para ofrendas
todo un susurro de sustratos
que preparan el advenimiento del algoritmo
que redimirá a los plebeyos.
Muchachas de núbiles pechos
guardaos de los viejos coroneles.
Efebos liberados socráticamente
ofreced vuestros viriles encantos al mejor postor.
El Ágora os contempla
como a aeroplanos redentores
de las ataduras de la carne.
Entre las delicadas sombras de la tarde
que nacen de las cuidadas formaciones columnarias
aristocráticas manos enguantadas
acarician los palpitantes senos
de las cariátides sonrientes
ofreciéndoles aromáticos cigarrillos turcos.
La vida renace, una vez más, en Grecia.
Tras una larga vigilia
bajan rodando desde el deífico Olimpo
las primeras descargas de la poesía nueva
las atrevidas presentaciones de Euricles y Hermocreonte
que desvelan nuevos atardeceres
ya cantados por Laso de Hermíone o Melanípide
en las tabernas de Atenas.
Profundidad sonora entre las hojas de la hiedra
coronas de oloroso laurel para héroes que esperan
ser nacidos de poetas.
Futuro que amenazante amanece
tras la mansedumbre de las olas engañosas.
Es la nueva luz.
Ilust.: Symposium.-Stravaganza.
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