José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
A Federico García Lorca. (05/06/1898-18/08/1936)
-dentro de dos horas y cuarenta y cinco minutos, hace 82 años, a Lorca "Poeta", a Dióscoro "Maestro", a Galadí y a Arcollas "banderilleros", en ese camino de tierra los fusilaron-
-dentro de dos horas y cuarenta y cinco minutos, hace 82 años, a Lorca "Poeta", a Dióscoro "Maestro", a Galadí y a Arcollas "banderilleros", en ese camino de tierra los fusilaron-
De Víznar a Alfacar
Así me contaron esta historia:
…Llegaron a sus oídos
ruidos de sables;
olores a pólvora,
asonadas en las calles,
noches de terror y algarada.
El pesimismo se instalaba,
y un mal presagio hondeaba
sobre su querida Granada,
…pues ya,
a su amada España,
el odio con sangre arrasaba.
Vecinos y “Roldanes”,
venganzas y maldades
aprovecharon la confusión,
señalando a Federico
con el índice de la traición.
Necesitaba presto encontrar
un refugio donde poderse ocultar.
Y su gran amigo y poeta, Luis,
le ofreció de corazón su rincón protector.
Era su propia casa
vestida de azul,
de azul falange.
“Luis Rosales, el día de la sublevación
se abotonó por vez primera
la camisa azul, que diseñara “El Ausente”
José Antonio Primo de Rivera”.
Alguna sombra de sospecha
perturbó el corazón y el alma del poeta.
Pero no fue así,
su amigo Rosales no le denunció,
intercedió por él, y por ello,
estuvo a punto de perder su propia vida.
Fue un político de Acción Popular,
Don Ramón Ruiz,
adversario encarnizado de Fernando de los Ríos,
socialista amigo íntimo del poeta.
Ruiz le denunció al gobernador civil,
Don José Valdés,
pero fue Simarro en ausencia de aquel
quien dio la orden de detener.
Valdés, que no sabía que hacer,
a Queipo de Llano consultó.
Quien a modo de sátira le diría,
“DALE CAFÉ, MUCHO CAFÉ”…
Dale café a ese Lorca, a ese traidor espía ruso;
a ese Lorca invertido, “El marica”.
“A ese Lorca, enemigo público,
el gran peligro social”
A primera hora de la tarde
llega Don Ramón Ruiz,
el delator,
al número uno
de la calle Angulo
y le acompañan
el bocazas Trescastro
y “Las Escuadras Negras”
con su fusil de asalto.
Era una tarde de agosto
en Granada, un calor demoledor.
Las persianas bajadas,
tapaban el sol.
¡Ruidos en la entrada!
¡Golpes de tacón!
¡Llaman a la puerta!
¡Negras sombras son!
¡Calan bayonetas!
La sangre se le hiela al poeta
y se le encoje el corazón.
No son amigos.
Son esbirros
de la “Casa de Bernarda Alba”.
¡Se culmina la traición!
Lorca lo adivina.
Es por él esta intrusión.
Hay empujones y escarnio,
detención sin presunción.
No hay juicio en la calle
solo en marcha un coche “Oakland”
que le llevará a la Dirección.
Más burla…
más tensión.
Esa noche se hace larga…
pasa el día, pasan dos
y en esta otra noche…
hay más mofa,
empujones, más dolor.
Esta vez en el exterior
tiembla y ruge un camión.
No va solo de paseo
le acompañan maniatados
otros hombres apresados:
Dióscoro, el maestro,
Galadí y Arcollas, taurinos,
“anarquistas osados”
que junto al gran poeta granadino
los llevan de nocturna “excursión”.
El camión se pone en marcha
hacia un destino prefijado.
Camino a Alfacar
desde Víznar
y en un lugar inesperado
de ese camino de muerte,
el camión se ha detenido.
El silencio se ha espesado.
¡Ya no hay duda del destino!
Es 18 de agosto, de “madrugaá”,
de aquel año fatídico, 1936,
en una cuneta sin luces
han decidido parar.
No es una parada cualquiera,
los han condenado sin juzgar.
Más violencia, y a empujones,
del camión los han tirado.
Un olivo les aguarda
sobre un osario improvisado
en un barranco de Víznar.
Han puesto los pies en tierra
bajo la luna nueva,
ya no hay vuelta atrás.
Los ojos se los vendan,
intuyen su final.
Ruido de fusiles que cargan,
un escalofrío dorsal.
El pulso se acelera,
el poeta no acierta a rezar.
Más humillaciones,
les gritan sin cesar.
Un pelotón de asesinos
se alinean sin preguntar.
Voces de prevengan…
¡¡APUNTEN!!
y un...
un largo silencio en la oscuridad.
Un sudor frío por el cuerpo.
Se detiene el tiempo.
La imagen de su madre
se aparece
suplicando a la Piedad.
De repente una voz en grito…
¡¡FUEGO!!
…seguido de un estruendo brutal,
de disparos, de nube de plomo. Impactos
sobre el pecho, es el “antiverso” rimado del horror.
El poeta. El maestro.
Los anarquistas. Llevan todos
plomo de odio
sin rima ni colofón.
No hay adioses ni despedidas.
Solo el mugir de una “vaca”
herida
y el aroma de “Romero”
son su cortejo de duelo…
¿Y la luna?...
La luna esta noche no ha huido.
Se ha quedado velando en la fragua
a ese niño dormido.
La sangre derramada
tiñe de rojo la mirada
de este oscuro planeta.
Los jinetes a caballo siguen de cerca
buscando el alma del poeta.
El sol no ha salido,
son las 4:45,
y la luna en la fragua llora…
y llora…
y su eco
no quiere rimar con la aurora,
ni con las vacas, ni los perros asirios de ahora.
De repente siente frío…
mucho frío.
Es el viento norteño de Nueva York,
con sus negros y judíos,
con la muerte llamando su atención.
Llegan a caballo unos jinetes,
son gitanos con sus “gitanas viejas”,
que acompañan
su agonía y su desmayo,
y un río de lágrimas de plañideras
se estanca en esa oscura barranca
“es el agua que no desemboca”,
y la danza de muerte que le ronda.
¡Lorca, se ahoga!
Un último recuerdo le surge,
es de amor,
a Vicenta, su madre.
La mujer que le acunó.
¡Pobre madre mía!
¿Quién le calmará este dolor?.
Le interrumpe
el sonido hueco y sordo
de un TOC… y otro… y otro…
los escucha como a lo lejos,
en otro espacio intemporal,
son disparos secos
con cadencia mortal.
La sangre le fluye a borbotones
y se mezcla con oxígeno al respirar.
Espasmos de agonía.
Su pensamiento se detiene en seco
por un brusco golpe en la nuca,
una bala de plomo
en el cráneo se le incrusta,
es la dialéctica de los hombres de azul,
el de las pistolas y los puños
son sus formas de “dialogar”,
no hay duda de los TOC…
que escuchó entre vahídos.
Era su turno,
el tiro de gracia final.
Ya no siente miedo.
Ni su dolor sangrante.
“Su dolor, ya no sangrará más por las tardes”
¡¡MURIÓ!!
Sí.
¡¡MURIERON!!
Los tiraron
a una fosa común,
aún sin desbrozar,
cerrada con sangre
y con versos sin rimar.
En esa oscura noche
quisieron ocultar
bajo la tierra de Granada
la ignominia calculada
a los ojos de la razón.
Paladas de tierra y saña
sobre cuerpos sin amortajar,
sin una despedida,
sin un Descansen en Paz.
No sabemos si el alma del poeta
sigue vagando sin descanso,
ni consuelo, caminando errante
por caminos que le acogieron.
Quizá por Buenos Aires
o por la Habana,
o cazando a esa
perdíz asesina de amantes.
O quizás hoy, esté refugiado
en el Lago Eden
buscándose a sí mismo,
y encontrándose, tal vez.
Y ahora que, cuando hubo conseguido
rellenar el hueco que le atormentaba,
y consiguió aceptarse como era,
los que le ajusticiaron
lo hicieron más, por su concepción
libre del amor y de amar,
que por su peligrosidad social.
¡¡Hay que ver!!
¡¡Cuánto peligro entrañaba
este poeta de Granaá!!
Así me contaron esta historia:
…Llegaron a sus oídos
ruidos de sables;
olores a pólvora,
asonadas en las calles,
noches de terror y algarada.
El pesimismo se instalaba,
y un mal presagio hondeaba
sobre su querida Granada,
…pues ya,
a su amada España,
el odio con sangre arrasaba.
Vecinos y “Roldanes”,
venganzas y maldades
aprovecharon la confusión,
señalando a Federico
con el índice de la traición.
Necesitaba presto encontrar
un refugio donde poderse ocultar.
Y su gran amigo y poeta, Luis,
le ofreció de corazón su rincón protector.
Era su propia casa
vestida de azul,
de azul falange.
“Luis Rosales, el día de la sublevación
se abotonó por vez primera
la camisa azul, que diseñara “El Ausente”
José Antonio Primo de Rivera”.
Alguna sombra de sospecha
perturbó el corazón y el alma del poeta.
Pero no fue así,
su amigo Rosales no le denunció,
intercedió por él, y por ello,
estuvo a punto de perder su propia vida.
Fue un político de Acción Popular,
Don Ramón Ruiz,
adversario encarnizado de Fernando de los Ríos,
socialista amigo íntimo del poeta.
Ruiz le denunció al gobernador civil,
Don José Valdés,
pero fue Simarro en ausencia de aquel
quien dio la orden de detener.
Valdés, que no sabía que hacer,
a Queipo de Llano consultó.
Quien a modo de sátira le diría,
“DALE CAFÉ, MUCHO CAFÉ”…
Dale café a ese Lorca, a ese traidor espía ruso;
a ese Lorca invertido, “El marica”.
“A ese Lorca, enemigo público,
el gran peligro social”
A primera hora de la tarde
llega Don Ramón Ruiz,
el delator,
al número uno
de la calle Angulo
y le acompañan
el bocazas Trescastro
y “Las Escuadras Negras”
con su fusil de asalto.
Era una tarde de agosto
en Granada, un calor demoledor.
Las persianas bajadas,
tapaban el sol.
¡Ruidos en la entrada!
¡Golpes de tacón!
¡Llaman a la puerta!
¡Negras sombras son!
¡Calan bayonetas!
La sangre se le hiela al poeta
y se le encoje el corazón.
No son amigos.
Son esbirros
de la “Casa de Bernarda Alba”.
¡Se culmina la traición!
Lorca lo adivina.
Es por él esta intrusión.
Hay empujones y escarnio,
detención sin presunción.
No hay juicio en la calle
solo en marcha un coche “Oakland”
que le llevará a la Dirección.
Más burla…
más tensión.
Esa noche se hace larga…
pasa el día, pasan dos
y en esta otra noche…
hay más mofa,
empujones, más dolor.
Esta vez en el exterior
tiembla y ruge un camión.
No va solo de paseo
le acompañan maniatados
otros hombres apresados:
Dióscoro, el maestro,
Galadí y Arcollas, taurinos,
“anarquistas osados”
que junto al gran poeta granadino
los llevan de nocturna “excursión”.
El camión se pone en marcha
hacia un destino prefijado.
Camino a Alfacar
desde Víznar
y en un lugar inesperado
de ese camino de muerte,
el camión se ha detenido.
El silencio se ha espesado.
¡Ya no hay duda del destino!
Es 18 de agosto, de “madrugaá”,
de aquel año fatídico, 1936,
en una cuneta sin luces
han decidido parar.
No es una parada cualquiera,
los han condenado sin juzgar.
Más violencia, y a empujones,
del camión los han tirado.
Un olivo les aguarda
sobre un osario improvisado
en un barranco de Víznar.
Han puesto los pies en tierra
bajo la luna nueva,
ya no hay vuelta atrás.
Los ojos se los vendan,
intuyen su final.
Ruido de fusiles que cargan,
un escalofrío dorsal.
El pulso se acelera,
el poeta no acierta a rezar.
Más humillaciones,
les gritan sin cesar.
Un pelotón de asesinos
se alinean sin preguntar.
Voces de prevengan…
¡¡APUNTEN!!
y un...
un largo silencio en la oscuridad.
Un sudor frío por el cuerpo.
Se detiene el tiempo.
La imagen de su madre
se aparece
suplicando a la Piedad.
De repente una voz en grito…
¡¡FUEGO!!
…seguido de un estruendo brutal,
de disparos, de nube de plomo. Impactos
sobre el pecho, es el “antiverso” rimado del horror.
El poeta. El maestro.
Los anarquistas. Llevan todos
plomo de odio
sin rima ni colofón.
No hay adioses ni despedidas.
Solo el mugir de una “vaca”
herida
y el aroma de “Romero”
son su cortejo de duelo…
¿Y la luna?...
La luna esta noche no ha huido.
Se ha quedado velando en la fragua
a ese niño dormido.
La sangre derramada
tiñe de rojo la mirada
de este oscuro planeta.
Los jinetes a caballo siguen de cerca
buscando el alma del poeta.
El sol no ha salido,
son las 4:45,
y la luna en la fragua llora…
y llora…
y su eco
no quiere rimar con la aurora,
ni con las vacas, ni los perros asirios de ahora.
De repente siente frío…
mucho frío.
Es el viento norteño de Nueva York,
con sus negros y judíos,
con la muerte llamando su atención.
Llegan a caballo unos jinetes,
son gitanos con sus “gitanas viejas”,
que acompañan
su agonía y su desmayo,
y un río de lágrimas de plañideras
se estanca en esa oscura barranca
“es el agua que no desemboca”,
y la danza de muerte que le ronda.
¡Lorca, se ahoga!
Un último recuerdo le surge,
es de amor,
a Vicenta, su madre.
La mujer que le acunó.
¡Pobre madre mía!
¿Quién le calmará este dolor?.
Le interrumpe
el sonido hueco y sordo
de un TOC… y otro… y otro…
los escucha como a lo lejos,
en otro espacio intemporal,
son disparos secos
con cadencia mortal.
La sangre le fluye a borbotones
y se mezcla con oxígeno al respirar.
Espasmos de agonía.
Su pensamiento se detiene en seco
por un brusco golpe en la nuca,
una bala de plomo
en el cráneo se le incrusta,
es la dialéctica de los hombres de azul,
el de las pistolas y los puños
son sus formas de “dialogar”,
no hay duda de los TOC…
que escuchó entre vahídos.
Era su turno,
el tiro de gracia final.
Ya no siente miedo.
Ni su dolor sangrante.
“Su dolor, ya no sangrará más por las tardes”
¡¡MURIÓ!!
Sí.
¡¡MURIERON!!
Los tiraron
a una fosa común,
aún sin desbrozar,
cerrada con sangre
y con versos sin rimar.
En esa oscura noche
quisieron ocultar
bajo la tierra de Granada
la ignominia calculada
a los ojos de la razón.
Paladas de tierra y saña
sobre cuerpos sin amortajar,
sin una despedida,
sin un Descansen en Paz.
No sabemos si el alma del poeta
sigue vagando sin descanso,
ni consuelo, caminando errante
por caminos que le acogieron.
Quizá por Buenos Aires
o por la Habana,
o cazando a esa
perdíz asesina de amantes.
O quizás hoy, esté refugiado
en el Lago Eden
buscándose a sí mismo,
y encontrándose, tal vez.
Y ahora que, cuando hubo conseguido
rellenar el hueco que le atormentaba,
y consiguió aceptarse como era,
los que le ajusticiaron
lo hicieron más, por su concepción
libre del amor y de amar,
que por su peligrosidad social.
¡¡Hay que ver!!
¡¡Cuánto peligro entrañaba
este poeta de Granaá!!
Fuengirola, 18 de agosto de 2018
José Ignacio Ayuso Díez.
José Ignacio Ayuso Díez.