BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Había fragmentos ornamentales
de madera encendida, montes
tétricos abonando las esencias
dispersas, lechuzas abandonadas,
almacenes derrotados por la vigilia.
De luces y cánticos con eternas aguas
bondadosas, maléficas brujas anidaban
en escobas sustantivas, desmintiendo
soles y zonas en sombra, lienzos de
una flor antigua y remota.
Había caracoles, sueños, demoras,
trenes partidos por la mitad, señores
con sombrero oblongo, señoras
de reluciente capa otoñal. Había,
en fin, todas esas cosas indispensables
para asesinar un lirio mojado de pies
a cabeza, un terraplén de fortuna
donde morían los atardeceres lunares.
Había un incendio por cada pinar,
la mentira falaz enmohecida en su canto,
piedras de testigos inveterados, sombrías
gesticulaciones de guadañas imprevisibles.
Un tiro en cada vena y un racimo
de bombas, las arterias desplazadas,
el hígado soñador metido en bromuro,
las aljibes decorativas formando secuelas
sobre las plantaciones horticultoras.
Una araña llena de vasos sanguíneos,
de torrentes maliciosos de sangre negra,
el número prodigioso de los avances sistemáticos,
una piedra lunar en los plañideros habituales.
Congresos de pulpa, llantos de dalias,
colmenas abiertas como siglos a la desidia,
un carro uncido, la aproximación de una tarde
desmandada.
El canto de un perro, la luna de los agujeros,
el mar de los silencios, una nebulosa de acontecimientos.
Una tristeza desértica, manos que se enlazaban,
un cuerpo a la deriva, sangre remota y equidistante
de los reptiles longevos.
La media tarde acercaba su aliento milagroso,
un vespertino displacer acumulaba sacos de glóbulos,
hediondos cubiertos que ejercían su precisión
sobre los dedos desvelados.
La llanura era un incendio, de velas y serrín,
de cartones y placentas, de vías agrícolas
y de luciérnagas expectantes. El río,
era un estadio de promesas, sangre de jabón,
que almacenaban los caricaturistas.
Las persianas eternamente cerradas,
noches amadas y sombras y terraplenes
de arena invisible.
Aguas y portalones de desdicha.
Un cuerpo, tu cuerpo, y el millar
de fosas que fulguraron en las avenidas.
de madera encendida, montes
tétricos abonando las esencias
dispersas, lechuzas abandonadas,
almacenes derrotados por la vigilia.
De luces y cánticos con eternas aguas
bondadosas, maléficas brujas anidaban
en escobas sustantivas, desmintiendo
soles y zonas en sombra, lienzos de
una flor antigua y remota.
Había caracoles, sueños, demoras,
trenes partidos por la mitad, señores
con sombrero oblongo, señoras
de reluciente capa otoñal. Había,
en fin, todas esas cosas indispensables
para asesinar un lirio mojado de pies
a cabeza, un terraplén de fortuna
donde morían los atardeceres lunares.
Había un incendio por cada pinar,
la mentira falaz enmohecida en su canto,
piedras de testigos inveterados, sombrías
gesticulaciones de guadañas imprevisibles.
Un tiro en cada vena y un racimo
de bombas, las arterias desplazadas,
el hígado soñador metido en bromuro,
las aljibes decorativas formando secuelas
sobre las plantaciones horticultoras.
Una araña llena de vasos sanguíneos,
de torrentes maliciosos de sangre negra,
el número prodigioso de los avances sistemáticos,
una piedra lunar en los plañideros habituales.
Congresos de pulpa, llantos de dalias,
colmenas abiertas como siglos a la desidia,
un carro uncido, la aproximación de una tarde
desmandada.
El canto de un perro, la luna de los agujeros,
el mar de los silencios, una nebulosa de acontecimientos.
Una tristeza desértica, manos que se enlazaban,
un cuerpo a la deriva, sangre remota y equidistante
de los reptiles longevos.
La media tarde acercaba su aliento milagroso,
un vespertino displacer acumulaba sacos de glóbulos,
hediondos cubiertos que ejercían su precisión
sobre los dedos desvelados.
La llanura era un incendio, de velas y serrín,
de cartones y placentas, de vías agrícolas
y de luciérnagas expectantes. El río,
era un estadio de promesas, sangre de jabón,
que almacenaban los caricaturistas.
Las persianas eternamente cerradas,
noches amadas y sombras y terraplenes
de arena invisible.
Aguas y portalones de desdicha.
Un cuerpo, tu cuerpo, y el millar
de fosas que fulguraron en las avenidas.