Camy
Camelia Miranda
Una ribera de memorias se erige
en este día que me habita,
con el alba colándose por mi ventana
y un café tinto.
Así saboreo la exclusiva
del preámbulo de mis próximos pasos.
No tarda, es más,
se acrisola expectante en cada pupila,
lo que viviré en carne propia.
Y dejo atrás media vida;
a ojo, la mitad de un cupón
que mi tránsito labró.
Lleno de la luz de cada alegría,
las nubes de los pesares,
los lauros en las paredes,
el sinsabor de las pérdidas
y una cuenta millonaria en el alma.
Y me lo llevo todo,
aún cuando mi equipaje
no pese más de cincuenta kilos;
cada pliegue en mi piel,
cada hebra matizada por el tiempo
y hasta el cansancio de mi andar,
tienen ahora un destino.
Dar este salto deja atrás
el armario vacío de deshaceros,
que si bien los salvé uno a uno,
mi lado más izquierdo
se reservó algunos souvenirs para el corazón.
Y las lecciones,
con cada tañido en mi mesita de noche,
descubriendo sorbo a sorbo
que no hace falta tanto,
cuando con tan poco
se cursa con la misma intensidad.
Dichosos se alzan mis brazos,
como igualmente
altruista mi emoción
y la bendición de vivir para contarlo.
Y con muchas flores en mi vestido,
los labios carmesíes,
una cinta roja sujetando mis cabellos
y tú,
al final del andén.
Cuando pase por ese umbral,
seré alcanzada,
elevada,
besada,
por todo lo que quiero,
por todo lo que amo.
Septiembre 12, 2017
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