BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay ruido duro de niños bailando
goznes inquietos que tratan de ser bondadosos
centros de flores que parten de ideas preconcebidas
nacimientos estratos o volutas de un humo
siempre entrañable. Hay cunas que portan
dunas en su interior, una mezcla de fósiles
y de dedos intermitentes, que titubean
radiantes y fibrosos en su densidad de criatura
soñolienta. Entre extrañezas y alegrías cinturas
aparecen, borlas de encomios naturales, sombras
enérgicas que danzan en los alvéolos comprimidos.
Hay lluvias y botas instantáneas, mágicas, compresas
y tráfico de pañales, de recientes masas de cuerpos
que insinúan voces dañinas en los labios amortiguados.
Hay cántaros y hojas de lata, de reticentes escamas,
de aves ingentes en plumas destinadas al almacén
de disertaciones. Hay albas y auroras y noches y madrugadas
y un sinfín de gesticulaciones demorándose natalmente,
antes de los precipicios lactantes. Hay lunas
y crepúsculos y oscilaciones azúcares diversos,
una mayúscula por cada prospecto, una medicina
para un corazón solitario. Hay ceniceros circunspectos,
racimos de uvas, vientos insoportables, huracanes
mantenidos en la lluvia temperamental. Hay
luces, e insomnios, y propietarios celestes,
y estrellas insondables, y nacimientos controlados
por las áureas irisaciones del pasado. Hay tentaciones.
Tentáculos inciertos que auguran labios y girasoles,
repiqueteo de llovizna suave, retrógrados inservibles,
caminantes sin camino. Canciones soleadas, esparto,
ruinas, civilidades negligentes, operaciones luminosas,
enredaderas sutiles, de cuello su hermosa grandilocuencia,
botellas vacías y una rémora epistolar de tinta aguada.
Hay explosiones de husos horarios, donde se mueren
amantes de todas las naciones, quebrantados sus huesos
por la herida plural, en estaciones acogedoras de plantas
y abono detractor. Hay estallidos jubilares, deseosos
los cuellos estuvieron en su cinta de agua y luna,
donde nacen los deseos aquella autoestima perdida,
los pletóricos en los muelles metálicos las carpetas
llenas memorias y recuerdos cuya sed desnuda.
Un entresijo de demoras y de curvas expiatorias,
de luces neutrales, de moras inviolables, de piscinas
etéreas, de cánticos instrumentales, como la onda
de una piedra móvil, lanzada al universo.
Hay un deseo que mueve un mundo
antes el pretérito lanzó su herida hervidero,
plenilunios observantes que claudican de semillas
abajo tierra impalpable y sonora.
Sonidos secuenciales, contenciones rodillas húmedas,
pantalones dichosos de completarte, camisas que hunden
su secretos de botón en los empates de las ranuras y baldosas.
En las igualadas bóvedas crepitaciones, gemidos
susurros, nubes o gacelas impetuosas, nieves hebillas
decoradas con atavíos de luz y estelas de barco.
Y allí te espero, junto al nocivo río que fluye
como una cantinela imperturbable.
©®
goznes inquietos que tratan de ser bondadosos
centros de flores que parten de ideas preconcebidas
nacimientos estratos o volutas de un humo
siempre entrañable. Hay cunas que portan
dunas en su interior, una mezcla de fósiles
y de dedos intermitentes, que titubean
radiantes y fibrosos en su densidad de criatura
soñolienta. Entre extrañezas y alegrías cinturas
aparecen, borlas de encomios naturales, sombras
enérgicas que danzan en los alvéolos comprimidos.
Hay lluvias y botas instantáneas, mágicas, compresas
y tráfico de pañales, de recientes masas de cuerpos
que insinúan voces dañinas en los labios amortiguados.
Hay cántaros y hojas de lata, de reticentes escamas,
de aves ingentes en plumas destinadas al almacén
de disertaciones. Hay albas y auroras y noches y madrugadas
y un sinfín de gesticulaciones demorándose natalmente,
antes de los precipicios lactantes. Hay lunas
y crepúsculos y oscilaciones azúcares diversos,
una mayúscula por cada prospecto, una medicina
para un corazón solitario. Hay ceniceros circunspectos,
racimos de uvas, vientos insoportables, huracanes
mantenidos en la lluvia temperamental. Hay
luces, e insomnios, y propietarios celestes,
y estrellas insondables, y nacimientos controlados
por las áureas irisaciones del pasado. Hay tentaciones.
Tentáculos inciertos que auguran labios y girasoles,
repiqueteo de llovizna suave, retrógrados inservibles,
caminantes sin camino. Canciones soleadas, esparto,
ruinas, civilidades negligentes, operaciones luminosas,
enredaderas sutiles, de cuello su hermosa grandilocuencia,
botellas vacías y una rémora epistolar de tinta aguada.
Hay explosiones de husos horarios, donde se mueren
amantes de todas las naciones, quebrantados sus huesos
por la herida plural, en estaciones acogedoras de plantas
y abono detractor. Hay estallidos jubilares, deseosos
los cuellos estuvieron en su cinta de agua y luna,
donde nacen los deseos aquella autoestima perdida,
los pletóricos en los muelles metálicos las carpetas
llenas memorias y recuerdos cuya sed desnuda.
Un entresijo de demoras y de curvas expiatorias,
de luces neutrales, de moras inviolables, de piscinas
etéreas, de cánticos instrumentales, como la onda
de una piedra móvil, lanzada al universo.
Hay un deseo que mueve un mundo
antes el pretérito lanzó su herida hervidero,
plenilunios observantes que claudican de semillas
abajo tierra impalpable y sonora.
Sonidos secuenciales, contenciones rodillas húmedas,
pantalones dichosos de completarte, camisas que hunden
su secretos de botón en los empates de las ranuras y baldosas.
En las igualadas bóvedas crepitaciones, gemidos
susurros, nubes o gacelas impetuosas, nieves hebillas
decoradas con atavíos de luz y estelas de barco.
Y allí te espero, junto al nocivo río que fluye
como una cantinela imperturbable.
©®