Luis Adolfo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cae una lluvia fina,
todos ya sentados en nuestros pupitres
esperando el comienzo
de la clase de literatura.
El señor V entra en clase con un perro,
pequeño y suave como Platero;
lo esconde bajo los abrigos,
al fondo de la clase, en el ropero.
El señor D.C., indignado, dice:
sacad al perro de la clase.
(Él es el delegado,
vela por el cumplimiento de las reglas).
Avanza hasta el ropero y coge al can
entre sus brazos.
Abandonan el aula,
hombre y perro.
Mientras esto sucede,
el señor V, indignado, grita:
¡devuélvenos al perro, asesino!
¡Ha condenado al perro!,
repite con gran escándalo.
Arengados por el animalista,
algunos, muchos, partidarios
de dar cobijo al can,
se unen en coro a la protesta.
Y en eso llega el Hermano X
— la cara sonrojada,
algo tomado por el vino —
y pronuncia esta frase lapidaria:
“no me calienten, no me calienten...”
Entonces todos callamos,
el tiempo parece detenido;
nuestro eficiente delegado
regresa satisfecho de su hazaña,
y el perro, bajo la lluvia
calado hasta los huesos,
a la espera de un indulto que no llega.
todos ya sentados en nuestros pupitres
esperando el comienzo
de la clase de literatura.
El señor V entra en clase con un perro,
pequeño y suave como Platero;
lo esconde bajo los abrigos,
al fondo de la clase, en el ropero.
El señor D.C., indignado, dice:
sacad al perro de la clase.
(Él es el delegado,
vela por el cumplimiento de las reglas).
Avanza hasta el ropero y coge al can
entre sus brazos.
Abandonan el aula,
hombre y perro.
Mientras esto sucede,
el señor V, indignado, grita:
¡devuélvenos al perro, asesino!
¡Ha condenado al perro!,
repite con gran escándalo.
Arengados por el animalista,
algunos, muchos, partidarios
de dar cobijo al can,
se unen en coro a la protesta.
Y en eso llega el Hermano X
— la cara sonrojada,
algo tomado por el vino —
y pronuncia esta frase lapidaria:
“no me calienten, no me calienten...”
Entonces todos callamos,
el tiempo parece detenido;
nuestro eficiente delegado
regresa satisfecho de su hazaña,
y el perro, bajo la lluvia
calado hasta los huesos,
a la espera de un indulto que no llega.