Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Aniel vive en el Molino de Piedra, a las afueras del pueblo, pasando el puente que lleva a las cárcavas y subiendo por el lindero del arroyo que aquí conocen por La Perionda. El molino, donde ha vivido su familia por generaciones pasa sobre grandes arcos de un lado al otro del arroyo, justo donde un murete de troncos prepara un pequeño embalse y se forma una caída que da fuerza a las palas que mueven la piedra de moler. Sobre la zona de molienda se sitúa la casa, pequeña y recogida, con una ventana que da a La Perionda y otra que otea el camino. Las dos ventanas se cuajan de flores en las macetas que Aniel cuida con esmero. El murmullo cantarín del agua pone siempre una música de fondo al vivir de la casa. En ella los días pasan sin pausa y se suceden las estaciones entre el trabajo diario de la molienda y el quehacer de la casa que atiende personalmente, pues vive solo. Todo parece funcionar con orden y tranquilidad, hasta que un día…
Se despertó con un sobresalto. Algo extraño en lo que era habitual. Se incorporó en la cama y escuchó atentamente: Nada. No se oía nada. Tardó un tiempo en despejarse y en darse cuenta que ese era exactamente el problema, que no se oía nada, ni el rumor del agua, ni el canto ronco del giro de la piedra de moler. Se vistió apresuradamente, lavó la cara y las manos en el balde de madera que tenía en la cocina. Salió apresuradamente del molino y comprobó que el arroyo fluía tranquilamente, pero en un silencio total. Se inclinó para mirar bajo los arcos y se dio cuenta que el agua no movía las palas del molino. Se metió en el agua y llegó hasta la pala que parecía estar atascada. Tanteó la zona bajo el agua y se encontró con lo que pensó que era una piedra, atorando la pala. Tuvo que forcejear para conseguir sacarla y que las palas volviesen a su movimiento de giro, pero el silencio del arroyo, seguía siendo llamativo. Pero no era que se hubiese quedado sordo, oía perfectamente cantar a los pájaros y escuchaba el silbo del aire entre las ramas altas de los árboles.
Cuando salió del agua, observó la piedra que había sacado; era esférica, casi perfecta, con un brillo que la adornaba por toda la superficie, de tacto liso y suave y de un color indefinido, que cambiaba según fuese la luz a la que la miraba. Envolvió con cuidado la piedra en su pañuelo de hierbas y la guardó en el bolsillo de botones que tenía en el pantalón.
Sin embargo, las cosas no iban bien, el agua se mantenía en un silencio inquietante y parecía haber perdido fuerza. Movía las palas desganadamente y no era capaz de que la piedra del molino se deslizase aunque únicamente fuesen unas pulgadas. Aquel silencio, se crecía, se hacía ominoso, omnipresente y parecía ocupar todo. Tras un par de días en esa situación, Aniel decidió ir a buscar una solución, a enterarse al menos de qué pasaba. Dicho y hecho. Preparó un pequeño macuto donde guardó un poco de comida y las cosas que le parecieron imprescindibles, cerró la casa del molino y se fue bordeando el arroyo, aguas arriba.
Caminó preocupado pues en el trayecto, el arroyo seguía mudo. Nunca había imaginado que algo así pudiese pasar. Caminó a lo largo de La Perionda, hasta que dejó los campos para adentrarse en el Bosque Gris, en que el regato corría entre los árboles y allí se conocía como Arroyo Viejo. Pocas gentes se encontró en el camino, algún pastor y un par de labriegos que volvían de faenar en el campo. Ninguno de ellos había reparado en el silencio de las aguas y, al contrario que él, parecieron no darle importancia alguna. Penetró en el bosque, las sombras de los altos árboles le acompañaron en su deambular. Observó que los animales sí percibían la falta del rumor del agua, pues se acercaban al arroyo y se quedaban mirando sin decidirse a beber; al cabo de un rato, probaban el agua y tras unos sorbos rápidos, se alejaban con presteza. Pasaron dos días de camino, con altos para dar un tiento a las viandas que había tenido la precaución de meter en el macuto y para descansar, descabezando sueños reparadores, arropado en la manta de viaje. Terminó el Bosque Gris y llegó a las Campiñas de Niebla. Allí volvió a cambiar de nombre el arroyo, pues en las Campiñas, un río el Río Nublado, se dividía en dos, un ramal grande que se llamaba El Río Estrella y otro más menudo, el Arroyo Viejo. Las Campiñas de Niebla eran unos pastos altos, rodeados por un circo de montañas; estaban ya en los lindes de las Tierras Mágicas, en los dominios que ocupaban las Tierras de Oberón. Hacía frío por las noches, aunque los días seguían siendo soleados. Una neblina fresca envolvía el río por las mañanas y el rocío pintaba gotas en los pastos. Próximo al río, un castaño centenario, con el tronco herido por un rayo, todavía se brotaba en sus ramas y ofrecía ya la primicia de los brotes que serían castañas en el otoño. Su tronco hendido, presentaba un espacio interior, tapizado en musgo, que vino muy bien a Aniel para descansar aquella noche. El canto de la alondra lo despertó al alba. La niebla cubría toda la zona; estaba a punto de dejarse llevar por el desánimo cuando las primeras luces del sol fueron deshaciendo la niebla en jirones y al poco tiempo, un sol espléndido brillaba en el cielo azul. Tras lavarse y un rápido desayuno, se puso de nuevo en camino. El valle que recorría el río iba haciéndose más y más estrecho. Pequeños arroyos se iban sumando al río, pero según avanzaba, el tamaño del cauce del agua disminuía. Al final, encontró una poza de aguas tranquilas y trasparentes, que entraban en una gruta formada por dos peñas de gran volumen. El silencio allí era llamativo. No se oía nada. Sentía como si hubiese perdido el tiempo. Aquel viaje no lo había conducido a nada. Tenía dentro un vacío que le produjo una inmensa tristeza. No había pensado que pudiese terminar así. Lamentaba el silencio del río, haber perdido la melodía cantarina de las aguas que bañaban su casa.
Dos lágrimas recorrieron sus mejillas para caer en el agua de la poza. Repentinamente se formó un remolino, una mano salió del agua y cogiéndolo firmemente por el brazo, tiró de él con fuerza hacia lo más profundo de las aguas. Temió ahogarse, cerró los ojos y la boca con fuerza y se dejó llevar. De pronto se sintió como en un lugar tranquilo y a salvo. Abrió los ojos y pudo ver a una náyade a su lado que le sonreía.
“Abre la boca, no te vas a ahogar. Aquí puedes respirar” le dijo aquella hermosa aparición.
“Dónde estoy” preguntó él.
“Estás en el palacio de nuestra reina. Porque este es el Reino de Yantrala, reina de las ninfas y las náyades, hermana del Rey Oberón”
“Y ¿qué hago aquí?”
“Tú decidiste venir. Por eso la reina quiere conocerte”
Le llevaron a una estancia, le sacaron unos vestidos lujosos y un calzado digno de un príncipe. Le ofrecieron una fuente de frutas para que saciase su apetito y cuando estuvo preparado acudieron a buscarlo.
“Yantrala te recibirá ahora”
Atravesó unos salones que brillaban con la iridiscencia de las truchas arcoiris y que tenía reflejos del sol bajo las aguas cuando dan sus rayos sobre las piedras blancas y pulidas. Más adelante un amplio salón se abría bajo una cascada y allí, en su trono sentada, se hallaba Yantrala.
“Bienvenido. ¿Cuál es la razón de que te hayas acercado a mi reino?”
Aniel contó toda su aventura sin olvidar nada. Narró su preocupación por el silencio del agua, por aquella especie de tristeza que le embargaba cuando le faltaba la música del arroyo. Habló de su viaje, del interés por encontrar la causa de tal situación y ponerle remedio si era posible. Contó de su tristeza al verse impotente al encontrar el manantial del que brotaba su regato.
“La música que oyes cuando escuchas el pasar de la corriente, son las voces y los cantos que mis ninfas y mis náyades lanzan mientras jugamos, nos divertimos y en todas las ocasiones que estamos alegres. El agua lleva nuestra magia por los cauces grandes y pequeños. La mayoría de las gentes no pueden escuchar más que el rumor monótono del agua. Solamente unos pocos sabéis encontrar bajo ese murmullo el mágico canto nuestro, las risas que alegran el mundo, la claridad y frescura que hace al agua madre de todas las cosas que viven.”
Hubo un silencio, que Aniel no se atrevió a romper.
“Hace unos días, se ha perdido la Piedra Iris de mi corona. Es la depositaria de gran parte de nuestra magia. La tristeza por esto que ha ocurrido, nos ha llenado de amargura, no hay juegos, ni cantos, de ahí el silencio del agua”
Yantrala tenía el rostro serio, apenado, como si una desdicha cubriera con un velo la alegría que reinaba en él otras ocasiones.
Recordó entonces Aniel la piedra que atoraba su molino. Rebuscó en sus pantalones. Tropezó con el bolsillo de botones y sacó su pañuelo de hierbas. Lo desplegó con cuidado y enseñó a la reina su piedra.
“¿Acaso es ésta?” preguntó.
Las hadas del agua se apresuraron a traer la corona y en el hueco de la Piedra Iris, encajó perfectamente la que Aniel traía.
Volvieron las risas, los juegos los cánticos. De pronto se hizo escuchar la cascada y el salón del trono se llenó de maravillosos sonidos.
“Has sido gentil y decidido. Has sido amable y delicado. Tienes las sensibilidad a flor de piel, pues nos regalaste dos lágrimas cuando estabas compungido” dijo Yantrala.
“Te haré un obsequio: abre tu pañuelo y guarda en él esta perla rosa. Cada vez que la veas te acordarás de nosotras y volverás a oír nuestros cantares al asomarte a las aguas de tu arroyo”
Aniel, se despertó sobresaltado. Estaba en su cama, en su casa del molino.
“Qué sueño más raro”, pensó.
Se incorporó en la cama y escuchó el paso de la corriente. Cantaba el agua entre las piedras y rumoreaba al cruzar entre los juncos.
“Debí cenar mucho anoche, ya decía madre que provocaba sueños pesados” se dijo para sí.
Se lavó con cuidado, desayunó como siempre hacía. Se vistió, colocándose con cuidado los pantalones. Metió las manos en los bolsillos, abrió el bolsillo de los botones para sacar el pañuelo. Le extrañó encontrar que el pañuelo parecía envolver algo. Lo desenrolló con cuidado y encontró preciosa y brillante, una gran perla rosa.
Se despertó con un sobresalto. Algo extraño en lo que era habitual. Se incorporó en la cama y escuchó atentamente: Nada. No se oía nada. Tardó un tiempo en despejarse y en darse cuenta que ese era exactamente el problema, que no se oía nada, ni el rumor del agua, ni el canto ronco del giro de la piedra de moler. Se vistió apresuradamente, lavó la cara y las manos en el balde de madera que tenía en la cocina. Salió apresuradamente del molino y comprobó que el arroyo fluía tranquilamente, pero en un silencio total. Se inclinó para mirar bajo los arcos y se dio cuenta que el agua no movía las palas del molino. Se metió en el agua y llegó hasta la pala que parecía estar atascada. Tanteó la zona bajo el agua y se encontró con lo que pensó que era una piedra, atorando la pala. Tuvo que forcejear para conseguir sacarla y que las palas volviesen a su movimiento de giro, pero el silencio del arroyo, seguía siendo llamativo. Pero no era que se hubiese quedado sordo, oía perfectamente cantar a los pájaros y escuchaba el silbo del aire entre las ramas altas de los árboles.
Cuando salió del agua, observó la piedra que había sacado; era esférica, casi perfecta, con un brillo que la adornaba por toda la superficie, de tacto liso y suave y de un color indefinido, que cambiaba según fuese la luz a la que la miraba. Envolvió con cuidado la piedra en su pañuelo de hierbas y la guardó en el bolsillo de botones que tenía en el pantalón.
Sin embargo, las cosas no iban bien, el agua se mantenía en un silencio inquietante y parecía haber perdido fuerza. Movía las palas desganadamente y no era capaz de que la piedra del molino se deslizase aunque únicamente fuesen unas pulgadas. Aquel silencio, se crecía, se hacía ominoso, omnipresente y parecía ocupar todo. Tras un par de días en esa situación, Aniel decidió ir a buscar una solución, a enterarse al menos de qué pasaba. Dicho y hecho. Preparó un pequeño macuto donde guardó un poco de comida y las cosas que le parecieron imprescindibles, cerró la casa del molino y se fue bordeando el arroyo, aguas arriba.
Caminó preocupado pues en el trayecto, el arroyo seguía mudo. Nunca había imaginado que algo así pudiese pasar. Caminó a lo largo de La Perionda, hasta que dejó los campos para adentrarse en el Bosque Gris, en que el regato corría entre los árboles y allí se conocía como Arroyo Viejo. Pocas gentes se encontró en el camino, algún pastor y un par de labriegos que volvían de faenar en el campo. Ninguno de ellos había reparado en el silencio de las aguas y, al contrario que él, parecieron no darle importancia alguna. Penetró en el bosque, las sombras de los altos árboles le acompañaron en su deambular. Observó que los animales sí percibían la falta del rumor del agua, pues se acercaban al arroyo y se quedaban mirando sin decidirse a beber; al cabo de un rato, probaban el agua y tras unos sorbos rápidos, se alejaban con presteza. Pasaron dos días de camino, con altos para dar un tiento a las viandas que había tenido la precaución de meter en el macuto y para descansar, descabezando sueños reparadores, arropado en la manta de viaje. Terminó el Bosque Gris y llegó a las Campiñas de Niebla. Allí volvió a cambiar de nombre el arroyo, pues en las Campiñas, un río el Río Nublado, se dividía en dos, un ramal grande que se llamaba El Río Estrella y otro más menudo, el Arroyo Viejo. Las Campiñas de Niebla eran unos pastos altos, rodeados por un circo de montañas; estaban ya en los lindes de las Tierras Mágicas, en los dominios que ocupaban las Tierras de Oberón. Hacía frío por las noches, aunque los días seguían siendo soleados. Una neblina fresca envolvía el río por las mañanas y el rocío pintaba gotas en los pastos. Próximo al río, un castaño centenario, con el tronco herido por un rayo, todavía se brotaba en sus ramas y ofrecía ya la primicia de los brotes que serían castañas en el otoño. Su tronco hendido, presentaba un espacio interior, tapizado en musgo, que vino muy bien a Aniel para descansar aquella noche. El canto de la alondra lo despertó al alba. La niebla cubría toda la zona; estaba a punto de dejarse llevar por el desánimo cuando las primeras luces del sol fueron deshaciendo la niebla en jirones y al poco tiempo, un sol espléndido brillaba en el cielo azul. Tras lavarse y un rápido desayuno, se puso de nuevo en camino. El valle que recorría el río iba haciéndose más y más estrecho. Pequeños arroyos se iban sumando al río, pero según avanzaba, el tamaño del cauce del agua disminuía. Al final, encontró una poza de aguas tranquilas y trasparentes, que entraban en una gruta formada por dos peñas de gran volumen. El silencio allí era llamativo. No se oía nada. Sentía como si hubiese perdido el tiempo. Aquel viaje no lo había conducido a nada. Tenía dentro un vacío que le produjo una inmensa tristeza. No había pensado que pudiese terminar así. Lamentaba el silencio del río, haber perdido la melodía cantarina de las aguas que bañaban su casa.
Dos lágrimas recorrieron sus mejillas para caer en el agua de la poza. Repentinamente se formó un remolino, una mano salió del agua y cogiéndolo firmemente por el brazo, tiró de él con fuerza hacia lo más profundo de las aguas. Temió ahogarse, cerró los ojos y la boca con fuerza y se dejó llevar. De pronto se sintió como en un lugar tranquilo y a salvo. Abrió los ojos y pudo ver a una náyade a su lado que le sonreía.
“Abre la boca, no te vas a ahogar. Aquí puedes respirar” le dijo aquella hermosa aparición.
“Dónde estoy” preguntó él.
“Estás en el palacio de nuestra reina. Porque este es el Reino de Yantrala, reina de las ninfas y las náyades, hermana del Rey Oberón”
“Y ¿qué hago aquí?”
“Tú decidiste venir. Por eso la reina quiere conocerte”
Le llevaron a una estancia, le sacaron unos vestidos lujosos y un calzado digno de un príncipe. Le ofrecieron una fuente de frutas para que saciase su apetito y cuando estuvo preparado acudieron a buscarlo.
“Yantrala te recibirá ahora”
Atravesó unos salones que brillaban con la iridiscencia de las truchas arcoiris y que tenía reflejos del sol bajo las aguas cuando dan sus rayos sobre las piedras blancas y pulidas. Más adelante un amplio salón se abría bajo una cascada y allí, en su trono sentada, se hallaba Yantrala.
“Bienvenido. ¿Cuál es la razón de que te hayas acercado a mi reino?”
Aniel contó toda su aventura sin olvidar nada. Narró su preocupación por el silencio del agua, por aquella especie de tristeza que le embargaba cuando le faltaba la música del arroyo. Habló de su viaje, del interés por encontrar la causa de tal situación y ponerle remedio si era posible. Contó de su tristeza al verse impotente al encontrar el manantial del que brotaba su regato.
“La música que oyes cuando escuchas el pasar de la corriente, son las voces y los cantos que mis ninfas y mis náyades lanzan mientras jugamos, nos divertimos y en todas las ocasiones que estamos alegres. El agua lleva nuestra magia por los cauces grandes y pequeños. La mayoría de las gentes no pueden escuchar más que el rumor monótono del agua. Solamente unos pocos sabéis encontrar bajo ese murmullo el mágico canto nuestro, las risas que alegran el mundo, la claridad y frescura que hace al agua madre de todas las cosas que viven.”
Hubo un silencio, que Aniel no se atrevió a romper.
“Hace unos días, se ha perdido la Piedra Iris de mi corona. Es la depositaria de gran parte de nuestra magia. La tristeza por esto que ha ocurrido, nos ha llenado de amargura, no hay juegos, ni cantos, de ahí el silencio del agua”
Yantrala tenía el rostro serio, apenado, como si una desdicha cubriera con un velo la alegría que reinaba en él otras ocasiones.
Recordó entonces Aniel la piedra que atoraba su molino. Rebuscó en sus pantalones. Tropezó con el bolsillo de botones y sacó su pañuelo de hierbas. Lo desplegó con cuidado y enseñó a la reina su piedra.
“¿Acaso es ésta?” preguntó.
Las hadas del agua se apresuraron a traer la corona y en el hueco de la Piedra Iris, encajó perfectamente la que Aniel traía.
Volvieron las risas, los juegos los cánticos. De pronto se hizo escuchar la cascada y el salón del trono se llenó de maravillosos sonidos.
“Has sido gentil y decidido. Has sido amable y delicado. Tienes las sensibilidad a flor de piel, pues nos regalaste dos lágrimas cuando estabas compungido” dijo Yantrala.
“Te haré un obsequio: abre tu pañuelo y guarda en él esta perla rosa. Cada vez que la veas te acordarás de nosotras y volverás a oír nuestros cantares al asomarte a las aguas de tu arroyo”
Aniel, se despertó sobresaltado. Estaba en su cama, en su casa del molino.
“Qué sueño más raro”, pensó.
Se incorporó en la cama y escuchó el paso de la corriente. Cantaba el agua entre las piedras y rumoreaba al cruzar entre los juncos.
“Debí cenar mucho anoche, ya decía madre que provocaba sueños pesados” se dijo para sí.
Se lavó con cuidado, desayunó como siempre hacía. Se vistió, colocándose con cuidado los pantalones. Metió las manos en los bolsillos, abrió el bolsillo de los botones para sacar el pañuelo. Le extrañó encontrar que el pañuelo parecía envolver algo. Lo desenrolló con cuidado y encontró preciosa y brillante, una gran perla rosa.
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