BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Hay tanto que se derrite en mi alma!
Tanta aspereza lastimada por argollas
insuficientes, planteándose a sí mismas
vulnerabilidades de corazón desterrado
que trastornara el hueco de cada árbol
que asiente en silencio sentimental. ¡Hay
tanto que en mi espíritu se diluye como
un alfabeto ignorante de su savia instrumental
que originara el caos entre melodías y músicas
de otros tiempos! Oh sentimiento vilmente
desplazado por perros ladradores de lunas y
ambientes disecados, oh traumatismo craneal
que funde los hielos con la desestimada brutalidad
imparcial! En mis inundados pechos la quemadura
se extiende y exige probablemente, techos onerosos,
circunstancias de ángel, vértices extraños que el
campo entregará mañana al primer exiliado bajo la lluvia
eterna. Oh remitente de noches infaustas, que recalas
junto a mi puerta con sombra de ojos, y flautas ensimismadas:
has de tener en cuenta que la perplejidad del fósforo
posee más integridad que una sencillo mineral aplastado.
Mis labios de entonces, pronosticarían la lluvia fértil
y embriagadora, que iniciara la ruta a través de santos
campos de luz. Tu cuerpo sería el bautismo
de todos los desorientados en la fragua del averno:
mira, mira, cómo se deslizan sobre mis pechos cavernosos
las mordeduras intactas de los reptiles.
©
Tanta aspereza lastimada por argollas
insuficientes, planteándose a sí mismas
vulnerabilidades de corazón desterrado
que trastornara el hueco de cada árbol
que asiente en silencio sentimental. ¡Hay
tanto que en mi espíritu se diluye como
un alfabeto ignorante de su savia instrumental
que originara el caos entre melodías y músicas
de otros tiempos! Oh sentimiento vilmente
desplazado por perros ladradores de lunas y
ambientes disecados, oh traumatismo craneal
que funde los hielos con la desestimada brutalidad
imparcial! En mis inundados pechos la quemadura
se extiende y exige probablemente, techos onerosos,
circunstancias de ángel, vértices extraños que el
campo entregará mañana al primer exiliado bajo la lluvia
eterna. Oh remitente de noches infaustas, que recalas
junto a mi puerta con sombra de ojos, y flautas ensimismadas:
has de tener en cuenta que la perplejidad del fósforo
posee más integridad que una sencillo mineral aplastado.
Mis labios de entonces, pronosticarían la lluvia fértil
y embriagadora, que iniciara la ruta a través de santos
campos de luz. Tu cuerpo sería el bautismo
de todos los desorientados en la fragua del averno:
mira, mira, cómo se deslizan sobre mis pechos cavernosos
las mordeduras intactas de los reptiles.
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