BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un siglo de arte por el arte
de helarte los testículos en
el garaje, de corregir exámenes,
de meditar los oportunos
sinsabores de la vida.
Un siglo de mentiras,
de hipocresías, de falacias,
hasta en el lenguaje, de
acequias dinamitadas por
el efecto de una bomba de neutrones.
Un siglo de desventajas confortables,
de alternar la desdicha con los caviares,
de afeitar los compromisos, y recortar
las banderillas. Un siglo
de optimismo, de nueva era,
de coliflores regadas con absenta,
de colibríes incendiados en la bodega.
Un siglo de verdades, de lanzaderas
de la nasa, de caricaturas de políticos,
de máscaras y carnavales.
Siglo de cambalaches, de vidrieras,
de automatismos cerebrales, de celebraciones
automáticas, de pintorescas delaciones
y de ensañamiento con la sangre.
De disparos en las sienes
que no conducen a ninguna parte.
Un siglo de charcos bautismales,
de narices puntiagudas y de ramalazos
quijotescos, de ventanas cerradas,
y hombros en modo fugitivo.
Un siglo de damas de hierro,
de perspectivas canallas, de
atizarle al perro con la mirada.
De zanahorias y coles de Bruselas.
De cristales de Bohemia y éxtasis
a dentelladas. De bromuro en la paella,
de cánticos a la puerta de las catedrales,
de mesías que escancian el vino
de los poderosos en vasos de horchata.
De rocinantes cansados, de metomentodos,
cachivaches, modelos depauperadas,
monederos, rejones, de iglesias apuntaladas.
De actualidades desvanecidas, de presentes
almohadillados, desavenencias conyugales,
de picarescas demenciales, de hornos donde
cocer la masa. De aprendices de poeta,
de tesinas lenguaraces, de proclamas
bien sujetas.
De palomas hostiles que abrazan muertos,
de cadáveres parlantes, de momias, de tesoros
en las cicatrices del pan, de mocosos
recitando el himno a algún dios rubio
y ostentoso. De caries protuberantes,
de venta ilegal de exvotos, de fetos
sin salida ni salida para fetos, de feos
esqueletos que proveen de savia vieja
a las autopistas del desastre.
De cantatas y fiestas al aire,
de caóticos barbitúricos, de hímenes
calientes. De glúteos derribados
por la meningitis del cerebro.
De sexo sin cerrojo para idiotas,
de cerrojos sin sexo para diosas,
de purgas intravenosas y de pulgas
maliciosas.
Siglo idiota; de venas llamativas,
de morados en los calzones, de no
me cago en la puta de tu madre,
de mensajes en botellas, de nazis
en la puerta de la iglesia.
De rabietas e incidentes, de broncas
y bronquitis, de glorias y glorietas,
de redondeces sin corpulencia ni rotonda.
Un siglo de carne de torreznos,
de aceitunas sin hueso, de anchoas
exiguas, de caracoles y olvidos mal paridos.
De tufo a escabeche, de retórica a graneles,
de espinas sin pescado, de mares sin jureles.
De rosarios intestinos, de letanías sin misa,
de cacerolas y gallo flautas, de máquinas
de exterminio sin tenedores ni cuchillos.
©
de helarte los testículos en
el garaje, de corregir exámenes,
de meditar los oportunos
sinsabores de la vida.
Un siglo de mentiras,
de hipocresías, de falacias,
hasta en el lenguaje, de
acequias dinamitadas por
el efecto de una bomba de neutrones.
Un siglo de desventajas confortables,
de alternar la desdicha con los caviares,
de afeitar los compromisos, y recortar
las banderillas. Un siglo
de optimismo, de nueva era,
de coliflores regadas con absenta,
de colibríes incendiados en la bodega.
Un siglo de verdades, de lanzaderas
de la nasa, de caricaturas de políticos,
de máscaras y carnavales.
Siglo de cambalaches, de vidrieras,
de automatismos cerebrales, de celebraciones
automáticas, de pintorescas delaciones
y de ensañamiento con la sangre.
De disparos en las sienes
que no conducen a ninguna parte.
Un siglo de charcos bautismales,
de narices puntiagudas y de ramalazos
quijotescos, de ventanas cerradas,
y hombros en modo fugitivo.
Un siglo de damas de hierro,
de perspectivas canallas, de
atizarle al perro con la mirada.
De zanahorias y coles de Bruselas.
De cristales de Bohemia y éxtasis
a dentelladas. De bromuro en la paella,
de cánticos a la puerta de las catedrales,
de mesías que escancian el vino
de los poderosos en vasos de horchata.
De rocinantes cansados, de metomentodos,
cachivaches, modelos depauperadas,
monederos, rejones, de iglesias apuntaladas.
De actualidades desvanecidas, de presentes
almohadillados, desavenencias conyugales,
de picarescas demenciales, de hornos donde
cocer la masa. De aprendices de poeta,
de tesinas lenguaraces, de proclamas
bien sujetas.
De palomas hostiles que abrazan muertos,
de cadáveres parlantes, de momias, de tesoros
en las cicatrices del pan, de mocosos
recitando el himno a algún dios rubio
y ostentoso. De caries protuberantes,
de venta ilegal de exvotos, de fetos
sin salida ni salida para fetos, de feos
esqueletos que proveen de savia vieja
a las autopistas del desastre.
De cantatas y fiestas al aire,
de caóticos barbitúricos, de hímenes
calientes. De glúteos derribados
por la meningitis del cerebro.
De sexo sin cerrojo para idiotas,
de cerrojos sin sexo para diosas,
de purgas intravenosas y de pulgas
maliciosas.
Siglo idiota; de venas llamativas,
de morados en los calzones, de no
me cago en la puta de tu madre,
de mensajes en botellas, de nazis
en la puerta de la iglesia.
De rabietas e incidentes, de broncas
y bronquitis, de glorias y glorietas,
de redondeces sin corpulencia ni rotonda.
Un siglo de carne de torreznos,
de aceitunas sin hueso, de anchoas
exiguas, de caracoles y olvidos mal paridos.
De tufo a escabeche, de retórica a graneles,
de espinas sin pescado, de mares sin jureles.
De rosarios intestinos, de letanías sin misa,
de cacerolas y gallo flautas, de máquinas
de exterminio sin tenedores ni cuchillos.
©